Parto

Nada fue como me lo contaron, nada sucedió como lo imaginé. El mismo día en que salía de cuentas mi ginecóloga me citó a revisión. Llevaba 3 sesiones de monitores en las que no se había registrado ni una mínima contracción. En la visita anterior, 15 días antes, la doctora me había comentado que el bebé no ganaba peso. Sabíamos por ecografías anteriores que era chiquitito, incluso nos habían hecho una más específica para descartar Crecimiento Intrauterino Retardado, pero entre ambas visitas sólo había una diferencia de 50 gr. Visto el panorama la ginecóloga nos dijo que me ingresaban el día siguiente para inducirme el parto.

Y entonces dije adiós.

Durante buena parte del embarazo mi peque había estado de nalgas. Obcecado hasta el extremo, como sus padres, perseveraba en darnos el culete una y otra vez. Conforme pasaban los meses, y las ecografías, mi mente se había ido hacienco a la idea de una cesárea. Pero, de pronto, se obró el milagro, se giró y yo volví a soñar con ese parto natural del que tantas ganas tenía. Había elegido aquel hospital precisamente por eso, por las facilidades para dar a luz casi en cualquier postura, por la dilatación en deambulación, porque siguen el protocolo del Parto Científico Humanizado, poco invasivo. Yo no quería epidural… y finalmente la iba a tener.

No sé muy bien cómo describir las siguientes horas. Una mezcla de alegría por saber que pronto le tendríamos entre nuestros brazos y de tensión por la incertidumbre de cómo se desarrollaría lo inundó todo. Repasé la maleta. Me hice mis últimas fotos con la barrigota siendo consciente de que eran las últimas. Me puse algo nerviosa, dormí poco. A las 9 de la mañana estábamos en el Hospital. Lo de ir a un privado es lo más parecido que he vivido a hacer el check in en un hotel: papeles, documentación, limpieza de habitación y a las 11:00 estábamos “acomodados” y con la prostaglandina puesta. Pero ya os he dicho que mi ratón es obstinado y a él eso de que le sacaran por la fuerza como que no. A las 12 de la mañana del día siguiente empezaron a ponerme oxitocina, pero yo seguí sin sentir ni una sola contracción. A las 16:00 h y tras un tacto del que mi niño no se recuperó bien nos llevaron más cerquita del quirófano.

Recuerdo la angustia pintada en la cara de mi marido tratando de sonreir para convencerme de que todo saldría bien cuando ni él mismo se lo creía. Recuerdo el susto que se quedó en mi cuerpo tras las palabras de la matrona. Recuerdo la cara de la ginecóloga mientras me contaba que para que el parto se desencadenara tendría que estar 12 horas más con la oxitocina y mi bebé no lo aguantaría. Recuerdo el desconsuelo inmenso que me inundó cuando me dijo que me harían una cesárea y el hilo de voz con el que dije “Pero entonces mi marido no podrá estar conmigo, ¿no?”. Recuerdo las lágrimas mientras nos separábamos y los cuatro pinchazos que me dieron para ponerme la epidural. Recuerdo a mi bebé por encima de la sábana, tan colorado y moreno, tan pequeño, tan parecido a mí. Recuerdo lo mal que me sentó la oxitocina final, las ganas de vómitar, el mareo. Recuerdo mis lágrimas de felicidad cuando me lo colocaron junto a la cara para que pudiera besarlo teñidas de la rabia de no poderlo abrazar. Recuerdo a mi marido diciéndome: “¿Has visto que es clavadito a ti?” y que olvidé decirle que hiciera el piel con piel por mí, ya que él podía. Recuerdo tres horas en reanimación pensando en mi peque arriba, imaginando toda clase de horrores relacionados con la epidural. Recuerdo no poder subir las piernas a la cama por el dolor de la cicatriz. Y recuerdo los días de visitas no deseadas sin tener fuerzas para dar conversación (pero a esto le dedicaré otro post) que me convencieron de que si tengo otro hijo lo tendré en mi casa.

Este fue mi parto. Tan lejos de las vivencias de mis amigas cercanas, tan diferente de lo que me habían contado.

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