Empodérate y sigue tu instinto

Visitar las urgencias pediátricas es para mí una de las experiencias más desagradables, no sólo por lo que me pueda haber llevado allí con mi niño, sino también por las historias que conozco alrededor. El viernes pasado estuve con mi bebé en urgencias, hace justo hoy una semana. Durante las casi 5 horas que pasé allí (sí, cinco) pude ver a muchos niños, bebés pequeños, bebés grandes, pero hubo un caso que me dejó especialmente impactada y del que me da mucha pena no saber nada más.

Mi bebé cogiendo el sueño

Llevaba ya un rato esperando los resultados de la prueba que le habían hecho a mi bebé. La noche había sido un poco traumática, había que llevarlo en ayunas de 6 horas, así que estaba reponsando en la Boba, nuestra mochila ergonómica, y de paso se enganchaba a su tetita cuando le apetecía. En ese ínterin entró una mamá con su bebé en un Bugaboo. A esas alturas ya había charlado con todos los adultos que había en la sala de espera de urgencias pediátricas y con esa mamá también entablé conversación. Mi inocente “Qué chiquitín” fue respondido con un “Ha perdido mucho peso, salió del hospital con 3,600 y pesa de 2,400”, con un tono lastimeros y extramadamente triste. Le pregunté cuánto tiempo tenía. 7 días. Y esa mamá rompió a llorar con la desesperación de la mamá primeriza que no sabe si lo que hace está bien hecho, porque como tan bien dice mi amiga Virginia, nos han hecho olvidar el instinto. “Déjalo salir”, le dije. Esas lágrimas a raudales me erizaron la piel y reconocí en ellas muchos de los momentos que viví meses atrás. “¿Le das teta?” pregunté y las dudas surgieron a borbotones. Me dijo que sí, pero que no sabía si era suficiente, que a veces se enganchaba y al poco se soltaba y que creía que se quedaba con hambre. Le dije que le pusiera cada vez que le pareciera que quería, le hablé de las crisis de lactancia y entonces salió la pediatra y la llamó. Atiné a decirle que en nuestra ciudad está Multilacta, que lo buscara en internet y asistiera a los grupos de apoyo. No pude verla ni decirle nada más. Me queda una pena grande por ello.
No sé qué sucedió después. Imagino que al bebé le dieron un biberón con leche de fórmula y que la madre se quedó con todas las dudas con las que llegó allí. Fue una situación triste. Muy triste.

Hemos perdido el instinto, sin duda. Sentimos que no estamos capacitadas para cuidar de nuestros bebés, necesitamos creer ciegamente en lo que nos dicen pediatras y enfermeras y ver así reforzada o tirada por tierra nuestra forma de criar. Pues no, señoras. Empoderémonos. Leamos, hablemos entre nosotras, sepamos qué es la lactancia y conozcamos los recursos para salvarla si lo que queremos es amamantar a nuestra cria. Aprendamos acerca de la crianza antes de ser mamás. Pero sobre todo, sigamos nuestro instinto. Y si lo que estamos viviendo no nos cuadra busquemos la respuesta a lo que nos rechina, seguro que nuestro Pepito Grillo nos quiere echar un cable.

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