El Miedo

Algo que me trajo la maternidad, el miedo. Desde que ví la raya rosa en el test de embarazo de farmacia. Miedo a que no esté bien, a que su corazoncito no funcione como debiera o a que no tenga todos los deditos. Miedo que no dejo que me atenace, pero que me acompaña en cada visita al ginecólogo. Miedo que se acentúa en esa primera noche en el hospital, tan horrenda, en la que tanto frío paso porque, aunque doy a luz en un privado, apagan la calefacción por la noche. Miedo arcaico, común, pero no por ello menos agobiante, de pasarme la noche tratando de escuchar cada respiración. Me acerco despacio: inspiración, espiración, lenta letanía que me esfuerzo por oír. Si no lo consigo pongo el dedo bajo su naricilla para notar su leve hálito. Si aún así no lo consigo, le agito el pie o el cuerpecillo para que proteste un poco y sienta que sigue vivo. Miedo por la vida que es tan frágil, al frío o al calor, a la enfermedad, a los golpes, al hambre. Miedo de querer volver a meterte dentro de mí y protegerte de cualquier cosa que pueda sucederte. Miedo a no estar. Miedo a fallarte. Simplemente miedo.

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