Lo que nunca me hubiera imaginado de la maternidad (II): el colecho

Si a algo debo estarle agradecida en mi camino como mamá es a las redes sociales, especialmente a Twitter. Gracias a ellas empecé a ver que mis sentimientos no eran tan alejados de los de otras mamás y que las cosas que me ocurrían no eran tan raras. En Twitter empecé a leer sobre una palabra nueva para mí: colecho. Al igual que me paso cuando descubrí el porteo, no sabía muy bien de qué se trataba, aunque no hiciera falta ser un lince para captar el significado. Veréis, yo creía que sabía mucho de lo que significa ser mamá porque tengo tres preciosos sobrinos y al mayor sobretodo lo he vivido intensamente. Pero no es cierto, no tenía ni idea, ya me quedó claro en esa primera noche en el hospital y aunque todo el mundo me decía que me preparara para no dormir, como con casi todo en esta vida no supe a qué se referían hasta que lo viví en mi piel.
No sé si a vosotros os pasa, pero a mí la falta de sueño me pone de mala leche… de mucha. Es como si otro ser se apoderara de mí y me pongo muy negativa. Unidlo al desfase hormonal. Pasé el primer mes o mes y medio de vida de mi pequeño dando cabezadas, sentada en la cama, tratando de no despertar a mi marido mientras daba el pecho a mi bebé porque él tenía que ir a trabajar. Cuando lo recuerdo ahora tengo la sensación de haber estado en una nebulosa. Ya os he contado en alguna otra ocasión que mi pitufo era muy pequeño cuando nació y le costaba mucho mamar, así que hacía tomas interminables en las que intercalaba lapsos de sueño con otros de alimento y reposo. Podíamos pasar dos horas así. Después de cada toma la biblia de la maternidad dice que hay que hacer un cambio de pañal. Y así se despertaba mi pequeño. Y vuelta al pecho y a la toma y a las cabezadas. Hasta que la proverbial visita domiciliaria de la matrona me volvió a ayudar una vez más.
Como os decía al principio yo ya había leído sobre colecho en Twitter. La verdad es que en esto tenía menos prejuicios que en lo de cogerle en brazos, lo de no lo cojas que se malacostumbrada estaba más grabado en mi ADN, pero tenía reparos. Hasta que la matrona vino a casa y me explicó que no había casos de bebés muertos por aplastamiento de los padres, aunque sí por hermanos cuando aquéllos eran pequeñitos. Me explicó también que facilitaba enormemente el establecimiento de la lactancia materna y que ayudaba tanto a la mamá como al bebé en esas tomas, ya que ni una ni otro tenían que despertarse del todo. Por último, me enumeró las recomendaciones para disfrutar de un colecho seguro. Os dejo un enlace donde Pilar de Maternidad Continuum las cuenta estupendamente. A mí el colecho me salvó la vida. Eso y leer que no tenía que cambiarle el pañal al bebé tras las tomas de la noche para no romperle el sueño. ¡Ya podía haberme enterado antes! Mis noches mejoraron enormemente. No puedo decir que todas hayan sido perfectas pero, desde luego, son más llevaderas.
A día de hoy seguimos colechando, porque a día de hoy seguimos con la teta y es mucho más práctico que levantarme cada vez que mi hijo quiera mamar. Hay quien no lo entiende e incluso lo ve mal. Mal veo yo también a esas mamás que gritan a sus hijos o que les bajan al parque para no hacerles ni caso, pero respeto su opción, cada uno es libre de criar como quiera a sus retoños y, obviamente, cada uno creemos que la nuestra es la mejor posible. Pero independientemente dejando de lado polémicas, disfrutar de la sensación de dormir con mi bebé pequeñito o la de despertarme con su espléndida sonrisa de oreja a oreja ahora que es más mayor no lo cambio por nada. Se me alborota la piel sólo de pensarlo.

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