La maternidad de la A a la Z: con S de Soledad

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Ya lo dice el nombre de este blog, en esto de la maternidad poco es como me lo habían contado (o me había querido imaginar). Por más que intenté hacerme a la idea de cómo sería para nosotros tener un bebé en casa, ni siquiera de lejos se pareció a lo que viví después. Nada de escenas almibaradas al ritmo de melodías luminosas y alegres, más bien al contrario. A la felicidad que supuso la llegada del peque a nuestro hogar se contrapuso, en mi caso, una espantosa sensación de soledad.

Soledad, ¿por qué? Pues porque vivo en Móstoles desde hace sólo tres años. Después de los exiguos quince días que papá pudo pasar con nosotros, nuestros paseos se limitaron a nosotros dos, mi bebé y yo. Paseos, si conseguía encontrar un hueco para ducharme y vestirme antes de las dos de la tarde, cosa no muy habitual. No era extraño que me enrollara a hablar con la panadera o con la vendedora de los periódicos, con la enfermera, la pediatra o la matrona, tan falta de conversación como estaba.

Pero para mí, esa soledad no fue la peor. Mi puerperio supuso, y aún finalizado a veces sigue suponiendo, un periodo de gran soledad emocional. Mi marido no alcanzaba a comprender (y no lo consiguió hasta que las tardes del peque fueron completitas para él) el trabajo que conlleva tener un bebé, el agotamiento físico y psicológico. Yo no encontraba el momento de hacer la comida, no podía limpiar la casa ni poner una lavadora y, como buena madre primeriza, me veía sobrepasada por la situación. El vaivén hormonal no ayudaba tampoco. Y él no empatizaba conmigo. Comencé a leer blogs descubiertos gracias a Twitter y me decanté por la crianza con apego. Porque me funciona, sencillamente. Porque me parece más respetuosa también. Porque no le hago a un niño lo que no le haría a un adulto. Otra vez sola. Ni marido, ni madre, ni hermana, nadie me comprendía. Sola en mi cruzada por conseguir establecer la lactancia, escuchando aquello de “este niño es un malcriado” cuando paraba de llorar si lo cogíamos en brazos (normal, si era lo que quería, contacto físico), o lo de “se os meterá en la cama con la novia” cuando comenzamos a colechar para que yo pudiera descansar un poco. Cuántas veces he tenido que oir lo de que no soy más madre que las demás madres cuando intento argumentar mis decisiones.

Así que, en la paradoja de la felicidad absoluta por tenerle al fin a mi lado, recuerdo el periodo de enero a junio de 2013 como un largo día agotador, sin fin, en muchas ocasiones oscuro, en el que cada decisión tomada suponía una batalla para ser mantenida, perdida en una incomprensión que aún hoy me extraña.

Con S de Soledad. Ya me hubiera gustado que fuera alguna otra letra.

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