Lo que nunca me hubiera imaginado de la maternidad (III): lactancia

La lactancia, la gran palabra. La que, sólo con ser pronunciada, genera los sentimientos más viscerales y encontrados. Ya os conté en otra entrada que desde que fui consciente de mi embarazo nunca me planteé darle a mi hijo ningún otro alimento diferente de la leche que mi cuerpo produjera para él. Para mí el tándem “bebé-leche de mamá” es inseparable. Ya sabéis que yo soy muy pro-lactancia.

La primera noche que tuve a mi bombón conmigo las cosas no fueron nada fáciles. Tras la cesárea todo mi afán era no sentirme una inútil y poder valerme por mí misma, hasta tal punto que lo primero que pregunté fue cuándo podría ducharme. Así que una vez que me subieron de la rea me costó mucho aceptar que no podía moverme con facilidad, ni siquiera podía incorporarme sola deslizándome hacia arriba en la cama. Y allí estaba él. Tan pequeño que todos los pijamas que le habíamos llevado le estaban grandes. Y allí estaba yo, con todo el cuerpo tan dormido que no me podía manejar. Vino una enfermera, una mujerona grandota, cogió a mi hijo y me lo puso al pecho. El pequeño me hizo daño. “Si tienes que volvértelo a poner y tienes dudas, me llamas” me dijo y se marchó. Mientras lo recuerdo sé que la postura era inadecuada. Mientras lo recuerdo pienso en la porquería de ayuda que me brindó. Y allí nos quedamos los tres. Mi niño seguía haciéndome daño mientras mamaba. Yo apretaba los dientes, me lo intentaba quitar, no lo conseguía y seguía poniéndolo MAL al pecho. Habíamos pasado tres horas separados y sabía que era fundamental tenerlo cerquita y succionando para que me subiera la leche, así que lo ponía una y otra vez. Por la mañana ya tenía grietas.

Los días y semanas siguientes no facilitaron mucho las cosas. Yo seguía pasándolo fatal incluso con las pezoneras puestas, así que dejé de usarlas. Tampoco quería depender mucho de ellas porque no quería que interfirieran en la lactancia, pero es que, además, el único día que me hizo sangre fue con ellas puestas. Las visitas que te miran tiernamente mientras das el pecho no ayudan nada tampoco. Si mi niño lloraba de hambre yo me ponía a llorar al mismo tiempo porque sabía que me esperaba un rato de dolor intenso. Para amamantar necesitaba, tanto en el hospital como después en casa, una tranquilidad que muchas veces no encontraba y una y otra vez venían a mi cabeza las palabras de las matronas: espacio para la mamá y el bebé, que los papás se lleven a las visitas a la cafetería o que las echen directamente, las abuelas que venga a limpiar y hacer comidas… Nosotros lo hicimos todo mal. Y yo estaba tan cansada y con tal subidón emocional que no atinaba a encontrar la forma de decírselo a mi marido y que entendiera la importancia que tenía.

Con cada revisión del enano yo  pasaba a ver a la matrona. El agarre era perfecto. El niño mamaba bien. No entendía por qué las grietas no curaban, debía ser mi piel. Me obligó a desterrar los discos de lactancia y el purelán porque no sólo no curaban, sino que empeoraban mis heridas. Me informó de que la mejor forma de curar las grietas es dejar secar una gota de leche sobre el pezón después de la toma y mantener el pecho al aire, así que me pasé febrero, marzo y buena parte de abril cual amazona por casa. Al mismo tiempo empecé a leer, tarde, pero empecé. Aprendí mucho sobre el milagro de la leche materna. Sentí el apoyo virtual de mi comunidad 2.0, porque lo único que me faltó fue ir a los grupos de apoyo a la lactancia. Ver cómo crecía mi pequeño, cada vez más grande y saludable, me animaba a continuar con la lactancia cada día, por encima de los obstáculos que hemos ido encontrando en nuestro camino.

Como me dijo una de las matronas de los cursos de preparación al parto, necesitamos los cursos porque hemos perdido el sentido de tribu. Vivimos cada vez más separados y, en muchas ocasiones, el primer bebé que vemos es el nuestro, así que cuando llega a nuestras vidas no tenemos ni idea de lo que es un parto o cómo se amamanta. Necesitamos conectar con nuestro instinto y buscar la información que está a nuestro alcance, que es mucha y diversa. Porque el hecho de que vengamos con el pack no significa que sepamos cómo hacerlo.

 

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