mi diccionario maternal

La maternidad de la A a la Z: con P de Pececillo

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Cada padre que llega a la paternidad, valga la fórmula redudante, lo hace con una mochila enorme: la de sus propias carencias, miedos e inseguridades. Dependiendo de la personalidad del sujeto en cuestión esa mochila puede ser un simple acompañante o un peso insoportable y paralizante. Mi mochila es grande, para qué os voy a engañar. En ella llevo los miedo heredados, las experiencias dolorosas de niña ultrasensible y carencias en ámbitos variados. Afortunadamente desde que me convertí en madre relativizo una barbaridad y así porteo divinamente esta carga mía que, de otra forma, podría resultar muy pesada.

Nado como las yayas, esa es la realidad, abriendo los brazos y estirando la cabeza, lo único que me falta para corresponder fielmente a la imagen es la pinza sujetando el pelo para que no se moje. Cuando mi hijo nació una de las cosas que más me apetecía era apuntarnos a “matronatación”, “natación para bebés” o similar (no sé si hay diferencia entre una y otra, la verdad, o es el mismo galgo con diferente collar). Había leído acerca de la facilidad que tienen los bebés para aprender a flotar y posteriormente nadar, dada su reciente conexión con el líquido elemento, flotando felices en el líquido amniótico durante 9 meses de gestación. Yo no quería que mi hijo tuviera miedo, como su madre, de ir más allá de dónde hace pie en la piscina o el mar, así que cuánto antes empezáramos mejor que mejor, pensaba yo. En el mes de septiembre Ojazos comenzaba sus clases.

Siempre le digo a mi marido que nosotros no hemos tenido un hijo, hemos tenido un pececillo. Ojazos no le teme al agua, más bien al contrario, la disfruta, mucho más de lo que yo conseguiré hacerlo jamás. Es curioso observarle. Desde el principio del trimestre anterior reconoce el vestuario del gimnasio y, aunque venga dormido y acabe de abrir los ojos, sonríe de felicidad cuando se ve allí. Se ha ganado a la mitad de las señoras, niñas y adolescentes con las que coincidimos tanto a la entrada como a la salida y pasa un buen rato escuchando halagos y gracietas a las que corresponde con su risa habitual. Pero lo mejor es verle en la piscina, tanto que bromeamos con que cualquier día nos pedirá tirarse de cabeza y que nos dejemos de chorradas para niños. Le gusta, disfruta del agua, chapotea, no siente temor ni se enfada si cae de la colchoneta al agua y ya casi entra andando en la pileta. Creo que apuntarle ha sido una decisión acertadísima. El sábado por la mañana es el mejor momento de la semana para mí también. Cojo a mi pequeño pececillo y me meto con él en la piscina, río sus ocurrencias, acompaño cada nuevo ejercicio e intento calmar el único momento de berrinche: a este pececillo no le gusta nada estar boca arriba en el agua. Creo que, cuando empiece a ir solo a natación, quien lo va a pasar peor seré yo.

 

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