mi diccionario maternal

La maternidad de la A a la Z: con U de Único

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El primer bebé que me robó el corazón nació un soleado 6 de octubre de 2006. Nació muy moreno, con mucho pelo y con los ojos muy abiertos. Le adoré desde el mismo momentos que supe que iba a llegar, al poco de la primera falta de mi hermana, y creo que desgasté su ecografía 4D de tanto mirarla y sacarle parecidos, clavado, clavadito a ella. Pude verle un poquito a las 9 de la noche, aún separado de su mamá, aunque le habían sacado a las 14 h y lloré como una cría mientras le decía “Soy la tía Leti”, sólo me autodenomino Leti para mis sobrinos, para el resto del mundo prefiero ser Let. El primer bebé del que me enamoré profundamente además se parecía a mí. Cuando le miré pensé que era único… precioso, perfecto y único. Y único fue durante mucho tiempo, primer hijo, nieto y sobrino todas en casa estábamos locas por M.

Un 28 de enero de 2010 sus hermanos llegaron para alborotar sus vidas. La pequeñita, agotada e hipotónica, pasó algunas horas en la incubadora. El pequeño, feote y golpeado como si fuera boxeador profesional, se quedó conmigo solo en la  habitación mientras su papá y mi madre esperaban a mi hermana a la salida del quirófano. Tuvimos un primer momento mágico, aunque prosaico, y el primer pañal de su vida se lo cambié yo. Lo cierto es que me mi amor hacia ellos no fue inmediato y, además, me costó aceptarlo. Me sentía culpable. Pero el enamoramiento llegó, como estaba destinado a llegar y aquellos dos pequeñitos se fueron ganando a su tía Leti a golpe de sonrisa o de mirada desconfiada en el caso de la niña, que parecía decirnos “las chorradas hacédselas a éste (su mellizo) que se descojona por todo, yo soy una tía seria”. Y cada uno comenzó a ser único, por su personalidad, por esos abrazos y  esos “te quiero tía” zalameros de ella o los no menos zalameros “no te doy un beso” de él.

Cuando ya me había hecho a la idea de quedarme en tía, la rayita rosa del test de embarazo apareció. Iba a ser madre. Una mezcla de alegría y vértigo me inundó, imagino que nos pasa a todas. Madre. Y ese chico delgadito del que me enamoré un día iba a ser padre también, y lo íbamos a ser juntos… Increíble el ciclo de la vida. Con los meses yo iba acariciando mi barriga, fantaseando con mi pequeño Ojazos (sin saber todavía que sería Ojazos como yo) aunque, en silencio, me carcomía por dentro una terrible posibilidad: ¿y si no lo quería tanto como quería a mis sobrinos (sobre todo al mayor)? Por más que mi marido me decía: “Nunca un niño será tan guapo para ti como M, ni siquiera tu hijo cuando llegue” yo me callaba mis miedos, que me atormentaban cada vez que me paraba a pensar en ellos. ¿Cabía la posibilidad de que una madre que quería serlo no adorara a su bebé?

El 16 de enero de 2013 Ojazos llegó a  nuestras vidas, a mi vida. Ya os conté en Parto cómo pasó. Me descubrí mirándole entre las lágrimas por encima de aquella sábana que me impedía ver mis piernas y el corazón me explotó de amor. Nunca hubiera acertado a imaginar cuánto iba a querer a mi hijo, por más que lo hubiera intentado. Y una vez más, mientras miraba a aquél pequeñajo que parecía mi clon, pensé que era único, por más que se pareciera a aquél otro pequeñajo que llegó a nuestras vidas en 2006 y que tanto lo iba a querer después.

Primos
Primos

 

Cada bebé que llega a una familia es único, lo aprendí con la maternidad. Cada nuevo miembro provoca sentimientos nuevos o quizá son los mismos, qué sé yo, pero que se transforman al dirigirse a otra personita.

Cada uno somos únicos en nuestras vidas y en las de quienes nos rodean, que nos conceden el privilegio de acompañarles en el camino, haciéndonos así también mejores. Afortunadamente, nadie es igual que el de al lado. Ni en gustos, ni en personalidad o forma de ser, ni siquiera en el físico. No dejemos que nos vendan la homogeneidad como lo mejor, que en la variedad está el gusto. Seamos únicos.

 

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