Mi lactancia: las grietas

Una de las pocas cosas que tuve claras durante mi embarazo fue que cuando Ojazos llegara al mundo le daría pecho. Todavía no había leído a Carlos González, pero sí había trasteado bastante por Maternidad Continuum y estaba convencida de que la leche materna era el mejor alimento para él. Cuando me remonto al principio siempre pienso que me hubiera venido muy bien haber leído antes, conocer cómo funciona el pecho, ir un poco más allá de aquello de que la lactancia materna es “a demanda” porque yo, aún convencida, empecé a informarme de verdad un poco tarde.

En mi entorno todos mis referentes fueron bebés alimentados con biberón. Mis sobrinos tomaron leche materna, pero fueron destetados pronto, cada uno de los tres por diferentes causas. Además, obviamente, ya no vivía con mi hermana cuando tuvo a sus hijos, así que mis conocimientos se reducían a la teoría más lejana: la escrita. La teta era un tema que me agobiaba pero no pensaba desfallecer y mantuve todas mis esperanzas puestas en las clases de preparación al parto, pensando que cada una de mis dudas sería resulta y que saldría de allí prácticamente hecha una experta en el tema. Cuánto me equivocaba. A mí todo aquello me sonaba a chino. ¿Cómo que el niño mostraba señales de hambre antes de ponerse a llorar como un loco, que el llanto era el último de los signos, al que no debíamos esperar? ¿Qué era eso de que tenía que vaciar el pecho? ¿Y cómo sabía si se había vaciado del todo? ¿Y aquéllo de que tenía que colocar al bebé ombligo con ombligo contra mí y con el cuerpo alineado? ¡En esa postura su boquita no llegaría a mi pezón! Lo veía todo tan teórico, que salí de allí con dudas nuevas, cosas en las que antes ni se me hubiera ocurrido pensar.

Y llegó el día y tras las tres horas más largas de mi vida pusieron a Ojazos sobre mí. El pequeño cuerpo de mi hijo reposaba con mi calor. Había llegado el momento, tenía que alimentarlo. Creo que entré un poco en pánico. No me impresionaba sostener en mis manos a un bebé recién nacido, ya lo había vivido antes, pero me atenazaba la idea de colocármelo en una posición incorrecta y que provocara las ya, tras tanta lectura, para mí famosas grietas. Una enfermera mayor y malhumorada, quien parecía ser la experta en lactancia de ese turno, me dijo que me iba a ayudar y yo solté aire interiormente pensando que sería muy fácil porque ella sabía. Cogió al niño y me lo enchufó en la teta. Literalmente. Sin ningún cuidado, sin ninguna explicación, me lo colocó y salió diciendo “si tienes cualquier duda me llamas”. ¿Cualquier duda? ¿En serio? Seguía sin saber cómo debía colocarlo, pero sí sabía que si no lo ponía a mamar no me subiría la leche. Esa era mi mayor preocupación tras la cesárea: que me subiera la leche, así que, obcecada, perseveraba en ello.

Las grietas aparecieron la primera noche. Leves al principio, muy dolorosas al poco. Llamé a mi madre para que me comprara unas pezoneras que me ayudaran a aliviar el dolor y el Purelán, la “pomada” mágica para toda madre que da el pecho. Lo cierto es que me aliviaba algo, muy poco, y  me manchaba todo lo que rozaba. Intenté usar las pezoneras, pero se movían al mamar y me friccionaban, abriendo aún más las heridas. De hecho, la única vez que sangré fue con ellas puestas. Cualquier roce me mataba de dolor, porque mi piel es además muy sensible. Comencé a usar discos de lactancia como protector contra el roce de la tela del sujetador pero no hacían buena pareja con el Purelán y lo que conseguí con su uso fue macerar más mi heridas, de forma que no terminaban de curar nunca. Si Ojazos lloraba de hambre, yo lloraba de dolor anticipando el momento en que él se engancharía al pecho.

En esta desesperación llegó la primera revisión de Ojazos con su pediatra y le conté lo que me pasaba. Ella llamó a la matrona del centro de salud, Maribel, a quien nunca estaré lo suficientemente agradecida. Comprobó que el enganche de mi bebé era el correcto, me hizo alguna corrección en cuanto a la postura indicándome que no acercara el pecho al bebé (ese gesto tan visto y tan repetido de sujetar el pezón entre dos dedos) sino el bebé al pecho y que lo hiciera poniendo su naricilla a la altura del pezón para que se viera obligado a abrir la boca bien grande. También me explicó que la única receta real para que cicatrizaran mis grietas era poner una gota de mi propia leche una vez que el niño hubiera mamado y dejar al pecho al aire. Muy bonito en julio, pero helador en enero. Aún así lo puse en práctica.

Mis heridas no se curaron de inmediato, pero comenzaron a cicatrizar. Fueron varios meses de lágrimas, de cierto agobio, pero de confianza en mí misma porque sabía que lo estaba haciendo bien. Viéndolo desde la perspectiva del tiempo pasado, sé que hubiera necesitado más intimidad, tanto en el hospital como más tarde en casa. No se trataba de pudor, en ningún momento me dió reparo sacar el pecho fuera de casa, pero cuando estás tan insegura a la hora de ponerlo como estaba yo al principio, tan angustiada por el dolor que sabía que me iba a provocar, las miradas sobre ti, aún las amorosas por el bebé, agobian y dificultan.

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