Obstáculos

Llegó al trabajo aquella mañana como un día más pero no iba a ser un día cualquiera, una llamada de la encargada las puso sobre aviso: “Creo que me van a despedir”  el pitido insolente del teléfono nos alertó a las demás al tiempo. Y la despidieron. Así, de un rato para otro 14 años de dedicación dejaban de valer. No se trataba de que ella trabajara mal, una mera razón económica bien argüida por el propietario del local la dejaba en la calle. Impotentes, las otras cuatro participábamos de la injusticia desde el otro lado del invisible hilo. Nadie dijo que la vida fuera justa, pero a veces es demasiado injusto ver cómo se ceba con los mismos y la cola del paro no es desconocida en su casa. Ahora no sabe por dónde tirar, pero por ella y por su familia tiene que buscar un camino cada día.

Igual que se levanta cada mañana otra de ellas y afronta su ya no reducida jornada laboral, obligación que asume consciente de que, de no hacerlo, hubiera tenido que prescindir de su trabajo. Sufre por perderse un sólo segundo de la vida de su hija, porque estar separadas es regalar demasiado a quien no entiende que estar más horas no ayuda a ser más eficiente, sólo te hace más infeliz. Y nos lo cuenta a través de ese sistema de mensajería desde el que hace unos meses nos dio la increíble noticia “Está en el hospital”.

Un accidente cerebrovascular hace unos meses vino a reubicar las prioridades de la tercera mujer. Siempre ha sido una mujer sensata, pero desde que le ocurrió es, además, muy sabia. Se ha recubierto de esa paz que traspasa pantallas y te abriga el alma sólo con leer sus palabras. Se cuida porque aún le quedan secuelas y cada día avanza un pasito más. Sus dos hijos también la cuidan, conscientes de que mamá no puede hacer lo mismo que antes aunque está en el camino para conseguirlo. Es un ejemplo para todas nosotras y nos enseña muchísimo en esa sala en la que nos leemos cada jornada.

La cuarta increíble mujer perdió su origen hace poco. Cada día la piensa y la echa de menos como solo puede extrañarse a una madre. La organización familiar también se le ha complicado con la pérdida porque la increíble madre de la increíble mujer era también su comodín, la que le ayudaba en el encaje de bolillos del día a día. Pero respira y camina y la llora cuando toca y, aunque maldice lo pronto que las separaron, sonríe por la fortuna que tuvo de disfrutar a la gran mujer que le enseño a ser.

¿Y yo? Yo las leo a todas ellas y admiro su tesón, su capacidad para saltar los obstáculos (o rodearlos) y continuar. Siempre están al pie del cañón, siempre tirando del carro. Entregadas madres, grandes profesionales, que se enfrentan al mundo con la cabeza alta y con ganas de cambiar las cosas. Por más piedras que les pongan en el camino, por más que tengan que remar contracorriente, siguen perseverando. No pueden ser mejor espejo para reflejarse. Yo me quedo cerquita de ellas, porque con un poquito que se me pegue seré una gran mujer.

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