Pido perdón

Me pregunto en qué momento nos metieron en la rueda y nos creímos que no teníamos el poder, cuándo dejamos que fuera otro el que tomara el mando a distancia de nuestra vida y decidiera cuál es nuestra programación. Trabajos, horarios, casas, opiniones, obligaciones, tantas, que nos esclavizan y no dejan que disfrutemos de lo importante: de la gente, de la piel.

Hoy quiero pedir perdón.

Empezaré por esos amigos para los que nunca tengo tiempo, los que me siguen invitando a sus fiestas, los que me escriben para intentar quedar, los que saben de mi vida por la redes sociales, por el blog, quienes han sido muy importantes y que, sin embargo, hace meses que no están físicamente. También a esos que no son tan amigos, que te encuentras aquí o allá, con quienes cruzas alguna frase que finaliza con A ver si nos vemos, nos llamamos la semana que viene pero la semana que viene no llega nunca y lo repites como un mantra cuando, 6 meses después y de nuevo por casualidad, te vuelves a encontrar… la semana eterna.

Quiero pedir perdón a mi madre por no descubrir la forma de decirle las cosas, por no saber explicarle desde la tranquilidad mis decisiones con respecto a mi maternidad, por no hacerle ver que eso no significa que esté etiquetando la suya, que yo la respeto y respeto pedía también.

Pido perdón a mi marido por esos momentos tan duros del principio en los que no supe encontrar la empatía, en los que a veces incluso parecía que él no podía tener opinión. Quiero pedirle perdón por no hacerme entender, por suplir de silencios la falta de palabras, por no conseguir abrir sus oídos y descubrirle mis pensamientos, por no saber intrigarle e involucrarle en mi forma.

Pero, sobre todo, quiero pedir perdón a mi hijo. Sí, por no ser valiente. Por no luchar por un mejor horario. Por permitir que las obligaciones nos separen 12 horas cada día. Por llegar a veces tan cansada que siento que me molesta. Quiero pedirte perdón, mi niño, por perderme tantas cosas, por no acompañarte al parque por las tardes o darte de merendar, por no recogerte nunca de la guarde, por dejarte en ella casi 10 horas. Quiero pedirte perdón por preocuparme en la distancia, por tener miedo a llamarte por teléfono por si te quedas llorando mientras me nombras, por saber de ti a través de una agenda electrónica. Te pido perdón por la ausencia. No sé quién tiene el mando de mi vida, hijo mío, pero lo estoy buscando. Quizá si me mantengo alerta consiga encontrar el botón para cambiar de canal.

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