Abuelos

Antes que madre fui hija y también nieta y bisnieta, aunque sólo a la mitad. Tuve un padre ausente que decidió que no quería estar en nuestras vidas y media familia que terminó de desaparecer con una muñeca de comunión recogida en Correos con una nota manuscrita “No te preocupes, tus abuelitos te vieron hacer la comunión”. En mi mente de 9 años me pregunté, y me sigo preguntando, cómo podían creer que me preocupaba la ausencia de alguien que no estaba nunca. Alguien que, de haber querido, hubiera podido hacerlo porque mi madre, clara como es, siempre dijo que podían vernos.

Los azares del destino nos llevaron de vuelta a casa de mis abuelos maternos y pasé a tener, en la práctica, dos madres y un padre, una relación de complicado encaje por el fuerte carácter de todos los protagonistas de la historia, incluyendo el mío. Crecí en un chiscón del Barrio de Salamanca de Madrid, subiendo cinco pisos para dormir cada día, con el cariño infinito de un abuelo que se fue demasiado pronto y la zapatilla atinada de una abuela con un genio de armas tomar.

La primera debacle seria de mi corta vida llegó a los 12. Mi abuelo, que había evitado contarnos lo que le pasaba porque había pasado media vida adulta ingresado, llevaba 15 días en un hospital. Creo que era un viernes pero no puedo asegurarlo porque han pasado tantos años que los detalles se deslavazan en el mar de segundos acontecidos. Una amiga de mi madre vino a recogernos, a mi hermana y a mí, al colegio y nos contó que había ido ella porque teníamos que quedarnos en su casa. Recé y recé con lágrimas en los ojos, suplicando por la vida del hombre que era mi héroe, prometiendo intercambios imposibles si el supuesto Todopoderoso conseguía que siguiera con nosotras. Aquel día ya estaba muerto. Recuerdo ese domingo en que mi madre vestida de negro nos dijo que el yayo ya no estaba. Fue la primera vez que dejé de creer en Dios.

Desde entonces nuestra vida continuó en una casa llena de mujeres que ya hubiera querido García Márquez para alguna de sus novelas. Tanto carácter en tan poco espacio era siempre un cóctel Molotov a punto de estallar. Mi abuela comenzaba cada uno de sus días con su marido en la mirada, haciéndose un poquito más vieja a sus cortos 62.  Yo me ensoñaba con mis libros, con mi lánguida música, con mis cuadernos llenos de líneas e historias a medio pensar, refugiada en mi mundo para no pensar que mi corazón se había partido por primera vez. Mientras, mi hermana llevaba su propio luto, cerquita de mí, pero sin compartir mucho más que las eternas discusiones de adolescentes que no dejaron de tener lugar hasta que se casó y se marchó de casa. Eso fue a mis 26. Confieso que mi personalidad se ha ido medrando con la edad y que entonces ni siquiera yo me aguantaba.

Hasta mis 32 permanecí en esa casa con mis dos madres, la que tuvo a bien parirme y la que nos acogió. Tres mujeres que pasaban buena parte del día separadas, que discutían mucho, pero que se reían con muchas ganas en alguna sobremesa del fin de semana. Que nos queremos es algo que ni se duda en casa. Algunos días iba a la habitación de mi abuela y me abrazaba a su barriga como cuando era pequeña, como cuando todos los problemas podían resolverse allí. Lo cierto es que cuando salí de ese piso tras casarme lo hice feliz pero las primeras semanas eché mucho de menos a aquellas dos mujeres, las conversaciones y rutinas. No acababa de encontrar mi sitio en el hogar que acababa de fundar.

Cuatro años han pasado desde entonces en los que mi abuela se ha ido haciendo más viejita. Ahora la miro y sé cuánto la voy a echar de menos cuando me falte. Se me ha hecho mayor en un suspiro y cuando la miro desde los 50 años que nos separan me apena eterno que la vida no haya sido más benévola con ella: que la hiciera nacer justo antes de la guerra; que le quitara a su madre; la pequeña de 11 hermanos, algunos desaparecidos, pasando una posguerra; que la hiciera trabajar desde bien pronto poniéndola a servir; que no le diera comodidades; que le quitara a su hombre demasiado pronto. Miro mi rutina y pienso que ella no tiene cabida, que  me es muy difícil encontrar el tiempo, pero que lo tengo que hacer, que si no lo consigo me voy a arrepentir. La veo con Ojazos y muero de amor con ellos dos y entonces sí que doy gracias a la vida que me ha permitido presentarlos.

Cuando miro atrás maldigo mi insolente juventud que me hizo creer que hay más tiempo del que es, que impidió que me parara a escucharla y me embebiera en sus pequeños ojos castaños para perderme en sus historias de posguerra. Mi yaya, tan bajita y, a la vez, tan grande.

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