Pequeños machismos de andar por casa

Ayer mi amiga Carol hacía una reflexión en su muro de Facebook que comenzaba así

No me considero feminista (no me gustan los “ismos”), pero me gustan las mujeres valientes que plantan cara a los gallitos de corral, esos que creen tener suficiente con su sobrestimada virilidad para hacerle callar, para gritarle, menospreciarle e invalidarla como profesional, aún sabiendo que en profesionalidad les gana por goleada (o precisamente por eso)…

Le di al “me gusta” porque sus palabras rezuman una verdad y una claridad meridianas y mi querida Trimadre a los 30 hizo un apunte magistral, como siempre, acerca de la importancia de llegar al activismo también en este aspecto en la sociedad actual. Pero, ¿qué ocurre cuando no se trata de gallitos de corral? ¿cuándo hablamos de pensamientos que están a la orden del día, que corren de boca en boca sin que nadie repare en lo perjudicial de los mismos? Os expongo un par de ejemplos.

También ayer, salí a tomar café con varios compañeros de trabajo por el cumpleaños de una amiga. La conversación versaba acerca del estilo de una una reputada e incisiva periodista. Algunos de los presentes (éramos 6 en total) manifestaron que no les gustaba porque era demasiado agresiva con los entrevistados y que no iba con ellos esa forma de hacer periodismo pero uno de ellos hizo las siguientes afirmaciones: “A ver por qué está ahí esa, si no es por estar casada con quién está, si el marido está gordo y todo, está con él por el puesto” “Si no fuera la mujer de quién es ya la habrían puesto de patitas en la calle”. Primero pensé callarme para no amargar a mi amiga su celebración pero después me di cuenta de que era una de esas situaciones en las que hay que posicionarse o te posicionan solas. “Ese pensamiento es profundamente machista” dije. Mi compañero cabeceó para responderme “Yo no soy un tío machista, pero eso es así”. “Si fuera al revés no lo dirías así” repliqué “Tú no serás machista, pero el pensamiento lo es”.

Esta mañana, hablando con otra amiga, me decía que en su trabajo su jefe les ha dicho que “hay demasiadas mujeres” y que “además, todas os quedáis embarazadas”. Como si él hubiera nacido por generación espontánea. Así que se ha dedicado a mover a las trabajadoras de puesto, puestos en los que ellas están arraigadas porque los desempeñan desde hace tiempo (es un trabajo en el que es posible la movilidad) en beneficio de los varones que aún no han demostrado científicamente que puedan parir aunque creo que sí pueden ser padres. ¿O es que las mujeres tenemos la capacidad de fecundarnos solas?

¿Conocéis aquella sentencia popular que dice que una mentira se hace verdad a fuerza de repetirla? Pues no sé si este es exactamente el caso pero lo cierto es que estos pequeños machismos de andar por casa se van repitiendo una y otra vez de tal manera que los normalizamos y no nos damos cuenta de la sutil manipulación que suponen. Y, para mí, ahí está el drama. ¿Cuántas expresiones populares hay que exaltan lo masculino en detrimento de lo femenino? ¿Qué significa que un vino es bueno de cojones o que una obra de teatro fue un verdadero coñazo? Así, poco a poco, con el correr de los meses, años, décadas la hegemonía de la masculinidad se va filtrando por los pequeños cerebros de nuestros hijos hasta dejar en ellos ese poso de machismo, ese por el que ya no nos alarmamos pero que pone a las mujeres a los pies de los hombres para conseguir objetivos profesionales o que las defenestra porque quieran traer hijos (de dos) a este mundo. Así nos va. 

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