Crianza-en-dos-tiempos

Crianza en dos tiempos

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Leía yo hoy a Fina la Endorfina contar que ha creado junto a su chico, Maurici Torra, una nueva red social para padres llamada Bitmater  porque, en palabras de él, “me doy cuenta en la oficina que los que somos padres tendemos a hablar del churrumbel/es, y los que no son padres nos huyen, y con razón”. Y si pienso en mi día a día veo que así es: estoy todo el tiempo con la crianza a cuestas. Hablo de crianza con mi compañera que tiene un hijo adulto joven, con mi amiga que comparte horas de trayecto y que aún no tiene hijos, con mis amigas blogueras y con las whatsapperas… quizá con el que menos hablo de crianza es con mi propio marido.

Durante el puerperio, en esas tomas eternas que hacía Ojazos, tuve tiempo para leer: lactancia, crianza, educación, un sinfín de temas muy necesarios para poder manejarme con mi nueva situación y me di cuenta de que me hubiera venido muy bien haber leído antes. Pero mi chico no lo hizo. Primero, porque la lectura no se halla entre sus principales pasatiempos y, segundo, porque él no considera que sea necesario. Él cree que a ser padre se aprende siéndolo. Y punto. Puede que no le falte razón, bien dice el refrán que la experiencia es un grado, pero me niego a olvidar que nos hemos encerrado tanto en la individualidad, que hemos alejado tanto a nuestra tribu, que aquello que deberíamos saber por la experiencia cercana del de al lado hemos de buscarlo ahora en otras fuentes. Y leyendo, y viviendo, fui dándome cuenta de que no era a la única que le rechinaba aquello de “no le cojas en brazos que se va a malacostumbrar” o “no le metas en la cama que no saldrá nunca”. Como no me gustan los fanatismos fui aplicando cada cosa que me parecía que podía funcionar adaptada a nuestra familia que, al fin y al cabo, era el entorno en el que se iba desarrollando poco a poco mi maternidad.

Como veis hablo en singular. Se desarrolla en algunas mujeres puérperas un sentimiento de conexión tal con el bebé que pareciera que el hombre sobrara en todo esto, como si ya no hubiera un nosotros en el que se le pudiera incluir sino uno nuevo y redondo: el de la mamá con la criatura. Unas consiguen reconectar las piezas del rompecabezas y encajarlas con presteza pero otras se meten en la edad en la que el bebé empieza a dejar de serlo con serios problemas con sus parejas no solo porque piensen que saben más que estos acerca de los niños, sino también porque no han conseguido encontrar una visión semejante acerca de la crianza.

A esto es a lo que me refiero cuando hablo de crianza en dos tiempos: el de la madre y el del padre, tan diferentes y, a veces, tan alejados. ¿Qué pasa cuando uno de los progenitores aboga por una paternidad consciente y el otro por una autoritaria? En nuestro caso, hay días en los que nos supone muchos problemas. En la base estamos de acuerdo pero para mi marido es muy difícil olvidar esa serie de preceptos grabados a fuego en el ADN, los que dicen que los bebés y niños, olvidándonos de su condición, deben obedecer sin rechistar, deben entender nuestras prisas, deben razonar como los adultos que no son. Nuestras discrepancias a veces crean desencuentros y es cuando entiendo, más que nunca, aquello de que los hijos no sirven para unir un matrimonio.

¿Puede una forma de entender la educación de los hijos degenerar en una separación de la pareja? Me temo que sí, probablemente no sea la única causa pero sí una de las más importantes. Si a las prisas de la rutina nuestra de cada día le sumamos las discrepancias ocasionadas cada vez que el niño abre la boca ya tenemos el caldo de cultivo adecuado. ¿Cómo lo solucionamos? Pues creo que haciendo lo que nos han dicho siempre que hagamos desde que llegamos a la edad adulta: dialogando. Decía al principio de esta entrada que, quizá, con el que menos hablo de crianza sea con mi marido. Casi siempre cuando estamos juntos está nuestro hijo también y cuando se duerme estamos tan rendidos que no conseguimos hablar de nada pero hay que encontrar el tiempo. Recuerdo esas series en las que los padres se metían en la cama y comentaban en susurros los temas importantes que afectaban a su familia. Quizá en esto también haya que buscar otros referentes, puede que más prosaicos pero igualmente válidos. Quizá no haya que encontrar mucho tiempo, ni siquiera una hora, quizá sea suficiente con unos cuantos minutos antes de dejarnos vencer por el sueño. Quizá ese sea el secreto: convertir lo ordinario en extraordinario.

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