La pisci de mayores

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Ojazos se hace mayor, mucho, cada día. Lo veo en las fotos en las que ya tiene cara de niño grande, lo oigo en sus frases (su “quiero beber leche” nos dejó literalmente con la boca abierta), lo percibo en su manera de moverse. También en sus rabietas… Y, como pasa con todo en esta vida, el crecimiento supone cambios: mi pececillo ha pasado a la pisci de mayores.

Algunas semanas antes de que finalizara el segundo trimestre sus monitoras me plantearon la posibilidad de que pasara de curso, de bebés a 2-3 años, porque le veían preparado para ello. Yo tuve dudas, serias, porque Ojazos está muy apegado a mí y siempre ha sido nuestro momento semanal, un ratito para pasar juntos, para divertirnos, para compartir. Las últimas clases, además, las acrecentaron porque no quiso separarse de mí en ellas, pero hablé con mi marido y entre ambos decidimos que lo mejor era probar. Y confiar en él.

Bien es sabido que en la pisci de mayores hace más frío que en la de peques, así que tuvimos que renovar equipamiento y nos hicimos con un neopreno y una toalla con un pirata en la que aparecen unas olas cuando se moja. Hace un par de sábados, y con el “uniforme nuevo” en la bolsa de deporte, nos dirigimos a nuestra primera clase de 2-3. Cuando pasamos a la pileta le expliqué que iba a ir a una clase nueva, con un profe nuevo. Nos acercamos a ver sus compis y su monitora de antes mientras esperábamos y al poquito Fernando estaba allí.

No os mentiré: cuando se percató de que yo no entraba al agua no le hizo ninguna ilusión. Comenzó a llorar y a gritar “Mami” con desesperación mientras yo le observaba desde fuera animándole a nadar. Me puse un poco nerviosa pero por lo que conozco a mi hijo, lleva yendo a la guardería desde los cinco meses, sé que es un berrinche inicial que no dura mucho en cuanto me pierde de vista. Así que decidí probar a salir y me fui al vestuario. Desde luego si continuaba gritando entraría a buscarle pero, tal como pensaba que sucedería, no lo hizo. Pasó una clase estupenda y el monitor me dijo que en breve lo veía nadando sin ningún tipo de “muleta”. Cuando terminó pasamos a la piscina pequeña a nadar juntos y jugar para que no sufriera una ruptura total de un día para otro.

Con esta experiencia previa iba un poco más tranquila a la segunda clase, confiada que es una. Volví a ponerme el bañador para acompañarle pero ya en el vestuario comenzó a decir “Con Fernando, noooooo”, frase que se vio completada una vez que estuvimos en la zona de aguas con un “No quiero de mayores, de mayores noooooo, a la pisci pequeña”. A priori la cosa se nos había puesto peor. Pasamos a la piscina y repetí el comportamiento de la clase anterior. Esta vez, no se puso a llorar, solo puso cara de enfado mientras salía camino del vestuario, creo que se dio cuenta de que no pasaba nada, de que iba a pasar un buen rato con sus amigos y luego mami volvería a por él. Cuando fui a recogerle para compartir nuestro ratito juntos me lo encontré abrazado a Fernando y partido de la risa.

Mi conclusión es que siempre hay que confiar en ellos. Si yo, con mis 36 a la espalda, tengo miedo al cambio en muchas ocasiones no quiero imaginar lo que debe ser para un pequeño cerebro que no puede comprender lo que comporta. Comprender, acompañar y escuchar. Permanecer alerta a sus señales. Seguro que aún tendremos algún día regulero, también los teníamos en el anterior curso, a mí tampoco me apetecen todos los días mis obligaciones.

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