La mujer que me dio la vida

La mujer que me dio la vida tenía ventitrés años cuando llegué. Lo hice en un caluroso mes de julio, mientras a ella la tenían dormida en un quirófano y puede que yo fuera su única buena noticia. Se acababa de convertir en madre con la niñez casi pintada en la cara. En el siguiente otoño recibió a su segunda y dejó fundada su pequeña familia de mujeres. Las tres, juntas siempre  para todo.

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La mujer que me dio la vida se vio obligada a trabajar mucho, como una mula diría el tópico, para sacarnos adelante. A pesar de que tenía la ayuda de nuestros abuelos, ella era consciente de cuál era su responsabilidad, así que se agarraba a todo aquello que salía. Vendió juguetes y ultracongelados, fue limpiadora y hasta llevó libros en ferias. Y cuando hubo que trabajar doble, pues doble trabajó, por la mañana  y casi por la noche, siempre por sueldos escasos manteniendo la cabeza pendiente del objetivo.

La mujer que me dio la vida pronto nos enseñó lo fácil que es, si se quiere, hacer magia. Cuando el fin de semana tenía más tiempo, inventaba juegos inspirados en nuestra vida cotidiana. Así, en nuestra tarde de sábado nos convertíamos en expertas masajistas o en luchadoras de pressing catch  y aprendimos a disfrutar el chocolate con churros como merienda casi improvisada. Lo extraordinario estaba escondido detrás de sus manos cuando salía de la cocina con un bocata de anchoas en un plato (una latita para las tres) o nos llevaba a cenar fuera una vez al mes (al chino o al Burger King, qué mas daba). Una vez se cogió el coche y nos puso en Alicante en un puente, sin reserva, para que pudiéramos disfrutar de la playa. Y consiguió hotel. Si eso no es hacer magia…

La mujer que me dio la vida tiene nombre de flor y la lucha escondida en la mirada. Cuando se ríe lo hace a boca llena y, normalmente, nos lo contagia llegando al extremo de las lágrimas. Fuma, aunque sabe que no debería no quiere dejarlo, y cuidó a su primer nieto casi como un hijo cada vez que estuvo malo. Ella nunca quiere molestar y a veces se pasa de discreta, otras es como un tsunami tocando tierra. La mujer que me dio la vida forjó buena parte de lo que hoy soy, de mi forma de expresarme, de mi manera de ser,  a veces incluso me da miedo porque creo que ya sé cómo seré a su edad, que la historia es cíclica hasta en los padres e hijos.

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La mujer que me dio la vida no pudo darnos grandes lujos pero aún así tuvimos una videoconsola. Limitó los regalos de reyes a tres peticiones por hermana, con advertencia de que quizá no vinieran todos y, finalmente, siempre nos encontrábamos alguna tonteriíta inesperada que nos hacía casi más ilusión que lo consignado en la carta. No nos dejaba beber refrescos entre semana, solo sábados y domingos y solo un vaso cada una. Nos enseñó que las cosas cuestan y que hay que esforzarse para ganarlas. Que la responsabilidad pesa pero que hay que aceptarla. Que la vida es muy perra pero que merece la pena vivirla.

La mujer que me dio la vida es abuela ahora cuando viene a casa. Y, aunque no me lo dice, sé que me vuelve a ver en esa pequeña cara y que se le remueve por dentro y que recuerda y que calla. La mujer que me dio la vida sólo tiene de especial el habernos puesto por delante siempre, incluso de ella. A veces pienso que se equivocó, que debería haber sido un poco más egoísta, pero luego nos miro, a mi hermana y a mí, no solo en la actualidad sino también en el pasado y me lleno de orgullo.

Gracias, mamá, por todo.

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