Canas

Hoy al fin he asumido que estoy en el paro y que hay ciertos gastos que tengo que recortar, así que cuando hemos ido a hacer la compra al súper he comprado un tinte: adiós peluquería para mí durante una temporada salvo para lo imprescindible (sí, taparme las cana es imprescindible, pero lo puedo hacer yo; arreglarme el corte de pelo no).
Cuando he llegado a casa, después de hacer un bizcocho (quién me ha visto y quién me ve), me he tapado las canas. En un momento determinado, al levantarme otra capa de pelo para teñirla, he visto el color de mi pelo. El mío, el de verdad, el que hace años que no veía y que desde hace una temporada llevo pensando que me gustaría recuperar, el que ya no puedo recuperar porque ahora tengo canas.

Al verlo he empezado a pensar en la presión y el inconformismo. En las prisas y las ganas de cambiar, en los cambios impuestos, en los impostados, en la falta de tiempo para pensar, en lo que tuve y en lo que tengo, en lo que quise y en lo que querré. De pronto me he visto con mis quince años, con mis veinte, mis veinticinco y mis treinta. Con mi castaño raro, pelirroja, morena azabache, con mechas, rubia, con reflejos morados o el negro azulado que nunca conseguí exactamente como quería. Siempre queriendo ser otra o buscando ser una que no acababa de alcanzar.

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De pronto esta inconformista en permanente busca se encontró metida en la rueda de la vida, con hipoteca, matrimonio y un hijo. ¿Cuándo pasó, si hace nada yo tenía veinte? Y me encuentro en los 37, vislumbrando de cerca los 40, tapándome las canas mientras quiero ser la de antes. No la de antes exactamente, no es eso. Simplemente quiero no tener que cambiar el color de mi pelo por obligación, esperando que quede medianamente parecido al de la caja. Quiero no tener prisa, tener tiempo para poder decidir, sentir que aún no es demasiado tarde para los sueños.

Porque hoy estas canas me han recordado que, aunque opinemos lo contrario, no siempre es pronto. Que llega un momento en el que el momento ha pasado. Que las decisiones imporantes han de tomarse, no esperar que se decidan solas. Porque la vida es para decidir qué hacer con ella, no para pasar por ella de puntillas esperando que no haya inconvenientes y que todo venga rodado. Hay que vivir. Aunque duela.

Hoy han sido las canas, es probable que mañana sean las arrugas o que de pronto me vea con Ojazos camino de la Universidad. Cuando eso ocurra, no quiero haberme olvidado por el camino, no quiero haberme perdido del todo. Creo que ha llegado el momento de decir adiós, ahora sí, a mi eterno puerperio, el momento de retomarme a mí y  a mi futuro. Ha llegado el tiempo de aligerar el paso para alcanzar mi meta. Y de perseverar. Quizá me cueste, quizá sea difícil. Pero no voy a esperar a que mis arrugas me digan que ya no puedo.

Foto tomada por Ojazos en el mirador de San Nicolás (Granada) en el mes de noviembre.

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