Madres y maternidades

Lo de que hay tantas maternidades como madres parece una obviedad pero no viene mal recordarlo de vez en cuando… incluso a una misma, a mí misma. Quienes me leeis desde hace dos años largos sabéis bien lo traumática que fue mi reincorporación al trabajo y los problemas de salud que han derivado de ella. La leona que se despertó con el nacimiento de Ojazos, la que descubrió una forma diferente de ver la maternidad, la que se convirtió en una nueva mujer, no podía aceptar, ni mucho menos entender, una separación forzosa a las 16 semanas de vida de mi hijo en un momento en el que ni él ni yo estábamos preparados para ello. Cuando echo la vista atrás veo a una primeriza aterrorizada y triste que no atinaba a ver salidas que quizá hubiera podido tomar. Pero no todas las madres lo viven igual.

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Lo pensaba esta mañana cuando una amiga que acaba de ser mamá me decía que lloraba de pensar en la guarde. Y sé que es literal porque así lo sufrí yo: lloraba todo el tiempo anticipando esa separación que sentía como si algo me arrancaran de las entrañas. Pero otras mujeres, por extraño que nos parezca a las que sentimos como yo, están deseando volver a su trabajo, bien porque añoran su rutina habitual, bien porque “necesitan” la actividad de su trabajo, o por el motivo que sea, incluso les sobra tiempo en esas 16 semanas que a mí se me hicieron tan escasas. Y es que nos pasa con esto como con tantas otras cosas en la vida: tendemos a igualar, a creer que los sentimientos y las necesidades son las mismas para todas las madres del mundo, a hacer de nuestro sentir algo universal que no lo es, ni mucho menos.

Además, como tantas otras cosas de la crianza, despierta nuestras pasiones de tal manera que acabamos enzarzándonos en luchas absurdas por ver quién es mejor o peor madre, vamos, lo que comúnmente llamamos “ver quién la tiene más grande”, por norma general en medio del importante cóctel hormonal del puerperio. Cada una hace lo que mejor puede o sabe y elige creyendo que toma la mejor opción. Las demás, desde la misma creencia, claro está, solo deberíamos mantener nuestra boca cerrada ante la decisión de otra. No juzgar y no ser juzgada.

Yo ya me he cansado de luchas, bastante tengo con lo mío. Lo único que espero del resto de las mujeres de mi entorno es empatía y respeto, lo mismo que ofrezco yo. No negaré que a veces cuesta contenerse cuando alguien hace algo para ti a todas luces equivocado, pero seguro que esa mujer, esa madre, que lo es tanto como yo, tienes sus razones para hacerlo. Las suyas, que son las que importan, las que desconocemos las que no vivimos su vida.

La suya. La mía. La de cada una. Con todas nuestras historias cada día.

Imagen: Pexels

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