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Yo también fui la tía

Hace algunas semanas, mientras caminaba por mi barrio, vi a una mamá casi recién parida con otra mujer joven, unos señores más mayores y el carrito de su bebé. El abuelo empujaba el carro, y la abuela y la tía iban haciendo carantoñas al bebé. Ella parecía ajena. Pequeña. Como si lo que se estaba desarrollando no tuviera que ver con ella. Iba abrazándose a ella misma, supongo que por el frío, pero la imagen era tan apropiada… Y entonces pensé que yo también fui la tía.

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Yo también fui la tía

Corría el año 2006 y mi hermana nos hacía el regalo más bonito que podía: daba a luz a mi sobrino mayor. Un bebé moreno, precioso y tan parecido a mí que, cuando en 2013 nació mi hijo, también se parecían entre ellos. Tuvo un parto eterno y complicado que acabó en cesárea. Lo de juzgar debe ir en el ADN, o al menos en el mío, porque me recuerdo sin entender sus agobios, sus penas, sus tristezas… y la vida me puso en mi sitio cuando años después, al día siguiente de nacer Ojazos, me miré en el espejo y reconocí en la mía su cara aquellos días. La del cansancio extremo, la de la pena por lo que no fue, la del dolor de una operación que te deja partida en dos, la de la hinchazón por el trillón de líquidos que te meten en vena… En el momento más feliz de mi vida mi expresión era de cualquier cosa menos de felicidad.

Miro atrás de nuevo y me veo queriendo dar biberones, tomando en brazos, cambiando pañales, queriendo bañar al bebé, usurpando, al fin, un puesto que no era el mío. Porque yo fui la tía, pero no era la madre, y aquel no era mi lugar.

Respeto

Por lo que veo en mi entorno a diario, dado que yo no tengo más hijos y no podré repetir experiencia, el respeto por la experiencia de la maternidad sigue sin estar de moda. Aunque cada vez sean más habituales los testimonios de parto en casa para evitar interferencias, como el de Diana de Marujismo, se sigue tratando a las mujeres que toman esta opción como unas locas insensatas que deciden sin tener en cuenta el bienestar de sus bebés. Como si no tuvieran personal sanitario a su lado al hacerlo. Como si no fuera una opción avalada por la evidencia científica, tal como recogen la OMS y el Ministerio de Sanidad. Os dejo este enlace de Matrona Online muy esclarecedor al respecto.

La llegada de un bebé se ve como un acontecimiento social más que familiar. Todo el mundo quiere ir al hospital -muchas veces bajo el lema “así me lo quito”- a conocer al recién nacido. Las habitaciones se llenan de gente que, en muchos casos, acaba por hacer corrillos y no presta la más mínima atención a los ocupantes de las misma. No se respeta ni al bebé, que llega a un entorno nuevo y agresivo desde uno muy protegido, ni a la mamá que acaba de pasar por una experiencia agotadora en el mejor de los casos. No se deja intimidad. Ni para conocerse, ni para lamerse las heridas -en caso de que sea necesario-, ni para iniciar la lactancia… ni para ir al baño con tranquilidad. El cuerpo de la mujer está dolorido, renqueante, sangra. Es necesario tener un espacio para una misma, sin tener que andar pendiente de si el empapador se ha movido y está manchando algo que alguien pueda ver, sin temer miradas inquisidoras que juzguen lo que estás haciendo -y cómo- en cada momento.

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El lugar de una madre

Ayer hablaba con mi amiga Belén, Mamá sin complejos, acerca de cuál es el lugar de una madre que acaba de traer un hijo al mundo. Ambas convinimos en que el lugar de una madre recién parida no debería ser limpiando la casa o atendiendo a invitados que cogen en brazos a su bebé. Tampoco debería ser en el supermercado mientras otro cuida del niño. El lugar de una madre reciente debería ser aquel en el que esté su hijo. La cama, el sofá, paseando con él. Así se favorece el enamoramiento, la lactancia, el apego.

En una sociedad tan individualista, tan deshumanizada, con tantos agobios y prisas, el tomarse un respiro para poder disfrutar del nuevo y hacerse a él debería ser casi prescripción facultativa. Ponerse en modo #slowlife puede que ayudara a muchas madres con las hormonas dando tumbos a evitar pensamientos sumamente negativos.

Así que, la próxima vez que recibas a un nuevo miembro en la familia, fíjate en su mamá. Ofrécete a llenarle la nevera, llévale tuppers con comida, ayúdale con su ducha, límpiale la casa, escucha sus alegrías o sus penas… pero no la separes del bebé. Su bebé es lo único que no le molesta. Cuando el instinto hace su trabajo nada consigue aplacarlo… menos las obligaciones autoimpuestas. Échale un cable a derribarlas.

Imágenes: Pixabay.

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