reencontrarse

Reencontrarse

Ayer cuando llegué del curro, los chicos estaban en el parque. Llegué justo a tiempo para ver cómo un niño que conocemos de la piscina le daba un empujón a Ojazos y lo tiraba de cabeza el suelo. Inmediatamente rompió a llorar con desesperación. Me acerqué y le pregunté por qué se estaba pegando con él. Al mismo tiempo, le abrazaba para consolarle. El resto de las madres me miraron como si fuera una extraterrestre. Desconozco el motivo. Aprovechamos el momento para marchar a casa.

Nos costó mucho llegar, aunque el parque está a poco más de cinco minutos. El peque estaba cansado y sudoroso. Lloraba, gritaba, se quejaba por tener que caminar, se tiraba el suelo y se volvía a levantar. Fue un trayecto largo. Le dije que cuando llegáramos le iba a bañar. Entonces, con la mirada llena de ilusión, preguntó si nos íbamos a bañar juntos.

Mi primer impulso, y la primera respuesta, fue que no, que no nos íbamos a bañar juntos. Días atrás metidos en la ducha me mojó el pelo… y ese día yo no contemplaba lavármelo. No me apetecía que volviera a ocurrir. Pero viendo lo cansado que estaba pensé que sería buena idea pasar un ratito juntos los dos. A veces siento que el espíritu de Bei me invade y soy capaz de ponerme en su lugar. Por desgracia no son todas las veces.

Así que llegamos a casa, nos desnudamos, abrimos el grifo, nos metimos en la bañera… y jugamos. Jugamos a empaparnos. Y entonces nos reímos. Mucho, hasta doler la barriga. Mi hijo me contagió de su risa cantarina y me quedé prendada de esa forma tan suya de echar la cabeza hacia atrás. Juraría que vi su risa flotar por el baño. Nos abrazamos. Y prometo que en ese rato de bañera conseguí ser mamá sin más. Sin aditamentos, sin agobios, sin presiones y sin prisas. La mamá que consuela, la que juega, la que ríe y la que calma. No había en mí ni rastro de la mamá estresada que no llega o la que se enfada por chorradas.

Adivinando el agotamiento que cargaba mi peque encima, le pregunté: “Estás muy cansado, ¿verdad?”.  Me respondió que sí, que saliéramos de la bañera que quería cenar y dormirse. Eran las 9 de la noche. Muy lejos de esas 11 que hasta hace nada constituían su horizonte para ir a la cama. Le di masaje mientras le hidrataba, nos tumbamos en la cama y se enganchó a mi pecho. En este destete eterno, cada vez mama menos pero no termina de dejarlo.

Así se quedó dormido -yo también me dormí un rato-. Sin cenar. Pero feliz. Calmado. Creo que ayer, ambos, nos reencontramos.

 

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