nuestro destete

Historia de nuestro destete. Una carta a mi hijo.

Hola, hijo:

Al final, el final ha llegado. Durante estos cuatro años y medio te he alimentado con mi cuerpo. Te he calmado y protegido, he sido tu lugar en el mundo y tu refugio. Pero, hace un par de semanas, le dijimos adiós a nuestra lactancia. Hace un par de semana finiquitamos nuestro destete.

Hablo de nuestro destete, en plural, porque esta ha sido una vivencia de dos. Desde el principio. Hoy mismo leía a Elena, de Monitos y Risas, contar que hay decisiones de la maternidad y paternidad que ella considera exclusivas de la madre. Como la lactancia. Lo mismo me ocurrió a mí. Fui yo quien decidió darte teta. Más allá de que “fuera de lo mejor”, de los beneficios tantas y tantas veces leídos tanto para ti como para mí, amamantarte me pareció lo más normal. Lo que sentí como madre que tenía que hacer.

Bromeo a menudo con que, con tu llegada, salió la leona que siempre ha habido en mí -no en vano mi signo zodiacal es Leo-. Y exactamente eso es lo que pasó con la teta. Madre leona amamantado a su cría. Un instinto animal de protección, brutal y demoledor, me decía que era lo que tenía que hacer. Supongo que por eso superé grietas, mastitits, perlas de leche, ingurgitaciones y demás problemas. No fue fácil, pero mi cabezonería fue más fuerte.

Confieso que, desde que hace algo más de un año comenzara este proceso de destete eterno, no veía el momento de acabar. Me daba mucha pena, sí, pero estaba deseando que terminara. La agitación del amamantamiento cada vez era más grande. La sensación desagradable que me provocaban las tomas también. Pero había decidido no forzarlo, dejar que fueras tú quien acabará la lactancia, y no quería faltar a esa palabra.

Aunque finalmente sí hubo algo que forzó el final de nuestro destete. El hecho de que te durmieras solo tres días seguidos, rendido por el agotamiento de las siestas que no quieres echarte. Así que, cuando al cuarto día pediste tetita para dormir, te dije que ya no tomabas tetita. La verdad es que te quedaste un poco planchado. Supongo que a mí me pasaría igual.

Te expliqué que te habías dormido sin ella, que no la necesitabas para dormirte, que sabías hacerlo. También te dije que podrías seguir durmiendo conmigo. Que cambiaríamos la tetita por cosquillas. Por masajes. Por caricias. Pero algo había cambiado con respecto a otros intentos. Esta vez no me viste vacilar. No hubo duda en mi decisión. No encontraste opción de discutir. Buscaste tu hueco en mi pecho, te abracé fuerte y, entre muestras de cariño, cogiste el sueño.

Al día siguiente, lo volviste a intentar, pero me mantuve fuerte. Lo peor, sin embargo, vino unos días después cuando creía que el camino ya sería más llano. A la hora de dormir, entre lágrimas, me dijiste que te gustaba mucho la tetita y que querías lechita de mamá. Por más que sé que hace tiempo que el acto de mamar es solo de relajación, que no encuentras leche, me dio una pena inmensa. Vacilé y a puntito estuve de volverte a dar. Pero, al pensar en todo lo avanzado, me dije que ya no podía echarme atrás. Y no te di. Nuestro destete era ya un hecho.

Sé que aun extrañas la lactancia a veces.  Me lo dice la forma en que me acaricias los pechos y cómo les das besos. También tu manera de apoyar tu frente en ellos antes de ir a dormir o cuando te ocurre algo. También sé que el vínculo no está roto. Lo sé por cómo me abrazas y porque sigues pidiendo dormirte a mi lado. Con mis besos y abrazos. Con cosquillitas y masajes. Una cosa después de la otra. El vínculo no es solo la lactancia, aunque se fortalezca gracias a ella. El vínculo es mucho más.

Nuestro camino juntos continúa ahora de manera diferente. Me río de quienes pensaban que serías dependiente de mí por esta lactancia que hemos compartido. Es curioso ver cómo sabes a quién dirigirte según la ocasión. Nada de dependencias más allá de la natural de un hijo hacia su papá y su mamá. Eres un chico fabuloso, Ojazos. 

Gracias, hijo, por haberme regalado una experiencia tan enriquecedora. Por hacerme comprender qué es la generosidad sin límites. Pero, sobre todo, gracias por regalarme un destete tan bonito, tan pausado aunque tan precipitado al final. En el que ambos hemos sabido encontrar nuestro hueco. Ha sido increíble aprender tanto a tu lado. 

 

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