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El año en que fui madre: mi balance 2013

Llevaba varios días dándole vueltas a hacer un resumen en el blog de lo que el 2013 ha sido para mí y de pronto me encontré en mi móvil un mensaje de mi querídisima Carol «He publicado». Allí que fui a leer. Y allí que he visto el minicarnaval de Bea y aún sin tener tiempo me he propuesto participar.

2013. Nuestro año. Mi marido nació un trece. Nuestro bebé nacería en el año 13, sólo podía ser así. El bombón nació en enero, así que durante todo este año he sido mamá. Cuando echo la vista atrás me parece mentira la cantidad de cosas que han pasado. Los larguísimos días en el hospital, llegar con el pequeño a casa, las largas noches sin dormir, seguidas de jornadas en las que no conseguía entender qué le pasaba, horas y horas en Twitter mientras le daba la teta. Descubrir el porteo, el colecho, sentir el apoyo en la distancia, tantos consejos, tantas palabras de aliento.
La luna de miel duró hasta junio, cuando por fin comenzaba a disfrutar de la experiencia. La tristeza que me invadió con la vuelta al trabajo y que aún no me ha abandonado del todo. El agobio para conseguir mantener la lactancia. El agobio por no estar con él, por perdérmelo todo. Me caen las lágrimas mientras lo escribo. El cerebro bullendo a mil por hora, las ganas de hacer cosas, querer escribir, el blog rondando desde 2012 con el embarazo. Y en septiembre, al fin, a la vuelta del verano, con más tristeza aún que antes de irme entre mis salidas a correr para no pensar, consiguió salir a la luz.
No publico mucho, publico cuando puedo, que es menos de lo que necesito. Tengo mis asiduas lectoras, que me animan no sólo en la escritura, en la vida también. Gracias Carol, gracias Virginia, gracias Nata, gracias Elena, gracias Ruth, gracias Roberto, gracias, gracias gracias. No sé qué haría sin vosotros.
El 2013 me ha hecho mejor persona, no me canso de repetirlo. El 2013 me ha traído muchas alegrías, muchísimas, pero también mucha tristeza. Un agujero por dentro, una falta de aire que me paraliza y que sólo se soluciona cuando estoy con él. Cuando no estoy con mi HIJO no sólo me falta el aire, también las ganas de vivir. Es como si no tuviera un órgano vital. Sé que esto cambiará con el tiempo. Sobre todo porque no sólo soy madre, también soy mujer. Tengo proyectos. Quiero escribir. No sólo en este blog, también en el de cuentos y publicar, que el libro llegue. Que el 2014 cumpla sueños. Ah, y ser FELIZ.

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Lo que nunca me hubiera imaginado de la maternidad (II): el colecho

Si a algo debo estarle agradecida en mi camino como mamá es a las redes sociales, especialmente a Twitter. Gracias a ellas empecé a ver que mis sentimientos no eran tan alejados de los de otras mamás y que las cosas que me ocurrían no eran tan raras. En Twitter empecé a leer sobre una palabra nueva para mí: colecho. Al igual que me paso cuando descubrí el porteo, no sabía muy bien de qué se trataba, aunque no hiciera falta ser un lince para captar el significado. Veréis, yo creía que sabía mucho de lo que significa ser mamá porque tengo tres preciosos sobrinos y al mayor sobretodo lo he vivido intensamente. Pero no es cierto, no tenía ni idea, ya me quedó claro en esa primera noche en el hospital y aunque todo el mundo me decía que me preparara para no dormir, como con casi todo en esta vida no supe a qué se referían hasta que lo viví en mi piel.
No sé si a vosotros os pasa, pero a mí la falta de sueño me pone de mala leche… de mucha. Es como si otro ser se apoderara de mí y me pongo muy negativa. Unidlo al desfase hormonal. Pasé el primer mes o mes y medio de vida de mi pequeño dando cabezadas, sentada en la cama, tratando de no despertar a mi marido mientras daba el pecho a mi bebé porque él tenía que ir a trabajar. Cuando lo recuerdo ahora tengo la sensación de haber estado en una nebulosa. Ya os he contado en alguna otra ocasión que mi pitufo era muy pequeño cuando nació y le costaba mucho mamar, así que hacía tomas interminables en las que intercalaba lapsos de sueño con otros de alimento y reposo. Podíamos pasar dos horas así. Después de cada toma la biblia de la maternidad dice que hay que hacer un cambio de pañal. Y así se despertaba mi pequeño. Y vuelta al pecho y a la toma y a las cabezadas. Hasta que la proverbial visita domiciliaria de la matrona me volvió a ayudar una vez más.
Como os decía al principio yo ya había leído sobre colecho en Twitter. La verdad es que en esto tenía menos prejuicios que en lo de cogerle en brazos, lo de no lo cojas que se malacostumbrada estaba más grabado en mi ADN, pero tenía reparos. Hasta que la matrona vino a casa y me explicó que no había casos de bebés muertos por aplastamiento de los padres, aunque sí por hermanos cuando aquéllos eran pequeñitos. Me explicó también que facilitaba enormemente el establecimiento de la lactancia materna y que ayudaba tanto a la mamá como al bebé en esas tomas, ya que ni una ni otro tenían que despertarse del todo. Por último, me enumeró las recomendaciones para disfrutar de un colecho seguro. Os dejo un enlace donde Pilar de Maternidad Continuum las cuenta estupendamente. A mí el colecho me salvó la vida. Eso y leer que no tenía que cambiarle el pañal al bebé tras las tomas de la noche para no romperle el sueño. ¡Ya podía haberme enterado antes! Mis noches mejoraron enormemente. No puedo decir que todas hayan sido perfectas pero, desde luego, son más llevaderas.
A día de hoy seguimos colechando, porque a día de hoy seguimos con la teta y es mucho más práctico que levantarme cada vez que mi hijo quiera mamar. Hay quien no lo entiende e incluso lo ve mal. Mal veo yo también a esas mamás que gritan a sus hijos o que les bajan al parque para no hacerles ni caso, pero respeto su opción, cada uno es libre de criar como quiera a sus retoños y, obviamente, cada uno creemos que la nuestra es la mejor posible. Pero independientemente dejando de lado polémicas, disfrutar de la sensación de dormir con mi bebé pequeñito o la de despertarme con su espléndida sonrisa de oreja a oreja ahora que es más mayor no lo cambio por nada. Se me alborota la piel sólo de pensarlo.

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El Miedo

Algo que me trajo la maternidad, el miedo. Desde que ví la raya rosa en el test de embarazo de farmacia. Miedo a que no esté bien, a que su corazoncito no funcione como debiera o a que no tenga todos los deditos. Miedo que no dejo que me atenace, pero que me acompaña en cada visita al ginecólogo. Miedo que se acentúa en esa primera noche en el hospital, tan horrenda, en la que tanto frío paso porque, aunque doy a luz en un privado, apagan la calefacción por la noche. Miedo arcaico, común, pero no por ello menos agobiante, de pasarme la noche tratando de escuchar cada respiración. Me acerco despacio: inspiración, espiración, lenta letanía que me esfuerzo por oír. Si no lo consigo pongo el dedo bajo su naricilla para notar su leve hálito. Si aún así no lo consigo, le agito el pie o el cuerpecillo para que proteste un poco y sienta que sigue vivo. Miedo por la vida que es tan frágil, al frío o al calor, a la enfermedad, a los golpes, al hambre. Miedo de querer volver a meterte dentro de mí y protegerte de cualquier cosa que pueda sucederte. Miedo a no estar. Miedo a fallarte. Simplemente miedo.