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Ser madre

La impertinencia y los niños

En los últimos meses he vivido un par de situaciones que me han recordado el poco respeto que tenemos por nuestros pequeños.  La primera sorprendente situación tuvo lugar en una tienda del centro comercial Xanadú, una tienda de objetos de hogar, así que estuve muy pendiente de Ojazos por miedo a que, por una parte, tirara algo y, por otra, se pudiera hacer daño. Pero en un minuto aceleró y se metió detrás del mostrador. Llegué hasta el mostrador y le dije a mi hijo que tenía que salir de ahí. No habían pasado ni treinta segudos desde que se lo expliqué cuando llegó la dependienta y nos dijo, con un tono muy poco agradable, que el niño ahí no podía estar. Os aseguro que por el poco tiempo transcurrido me tuvo que oír decírselo pero es que, además, yo estaba parada frente a él mirándole seria: mi expresión corporal era muy clara. Así que cogí a mi hijo en brazos (algo que desde que me hice el esguince por el que me acabo de operar el tobillo me cuesta mucho) y salí de la tienda. Sin comprar lo que iba a comprar y sin ánimo de volver jamás. Será por tiendas en el mundo.

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Ser mujer

La mujer que me dio la vida

La mujer que me dio la vida tenía ventitrés años cuando llegué. Lo hice en un caluroso mes de julio, mientras a ella la tenían dormida en un quirófano y puede que yo fuera su única buena noticia. Se acababa de convertir en madre con la niñez casi pintada en la cara. En el siguiente otoño recibió a su segunda y dejó fundada su pequeña familia de mujeres. Las tres, juntas siempre  para todo.

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La mujer que me dio la vida se vio obligada a trabajar mucho, como una mula diría el tópico, para sacarnos adelante. A pesar de que tenía la ayuda de nuestros abuelos, ella era consciente de cuál era su responsabilidad, así que se agarraba a todo aquello que salía. Vendió juguetes y ultracongelados, fue limpiadora y hasta llevó libros en ferias. Y cuando hubo que trabajar doble, pues doble trabajó, por la mañana  y casi por la noche, siempre por sueldos escasos manteniendo la cabeza pendiente del objetivo.

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Ser madre

Los hijos de los demás

No sé por qué me preocupan tanto los hijos de los demás. De verdad que no lo entiendo, intento que me den igual pero no puedo evitarlo. Me ocurre cuando veo a un bebé en una mochila colgona, siempre aguantando las ganas de acercarme y preguntar «¿te han hablado alguna vez del porteo ergonómico?», cuando lo escucho llorando dentro del carro o solo en una rabieta, cuando veo que es paseado en un grupo 0+ o viaja en una silla de auto de cara a la marcha. En todos esos casos siempre pienso lo mismo «pobre niño». Y me preocupo, pero no por el momento actual, sino por las consecuencias a largo plazo. Mi marido siempre me recuerda que no es nuestro hijo y que no debo meterme pero mi cabeza siempre va más allá.

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