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Ser mujer

Pequeños machismos de andar por casa

Ayer mi amiga Carol hacía una reflexión en su muro de Facebook que comenzaba así

No me considero feminista (no me gustan los «ismos»), pero me gustan las mujeres valientes que plantan cara a los gallitos de corral, esos que creen tener suficiente con su sobrestimada virilidad para hacerle callar, para gritarle, menospreciarle e invalidarla como profesional, aún sabiendo que en profesionalidad les gana por goleada (o precisamente por eso)…

Le di al «me gusta» porque sus palabras rezuman una verdad y una claridad meridianas y mi querida Trimadre a los 30 hizo un apunte magistral, como siempre, acerca de la importancia de llegar al activismo también en este aspecto en la sociedad actual. Pero, ¿qué ocurre cuando no se trata de gallitos de corral? ¿cuándo hablamos de pensamientos que están a la orden del día, que corren de boca en boca sin que nadie repare en lo perjudicial de los mismos? Os expongo un par de ejemplos.

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Mi 2015

Fotografía de calendario 2015 con un bolígrafo listo para apuntar
Mi 2015

En enero del 2014 me animaba a publicar una lista de propósitos (o wishlist que mola más decir ahora) pero no para mí, sino para Ojazos que estaba a punto de cumplir un año (un hito histórico en la vida de cualquier madre que se precie). La releo y quizá me parezca una ñoñez, pero lo cierto es que volvería a escribirla exactamente igual si tuviera que hacerlo ahora. Yo soy así. Hemos conseguido los 13 propósitos agendados (palabreja de secretaria) y me congratulo por ello. Así que, en vista de los buenos resultados, aquí os dejo lo que será mi 2015:

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Abuelos

Antes que madre fui hija y también nieta y bisnieta, aunque sólo a la mitad. Tuve un padre ausente que decidió que no quería estar en nuestras vidas y media familia que terminó de desaparecer con una muñeca de comunión recogida en Correos con una nota manuscrita «No te preocupes, tus abuelitos te vieron hacer la comunión». En mi mente de 9 años me pregunté, y me sigo preguntando, cómo podían creer que me preocupaba la ausencia de alguien que no estaba nunca. Alguien que, de haber querido, hubiera podido hacerlo porque mi madre, clara como es, siempre dijo que podían vernos.

Los azares del destino nos llevaron de vuelta a casa de mis abuelos maternos y pasé a tener, en la práctica, dos madres y un padre, una relación de complicado encaje por el fuerte carácter de todos los protagonistas de la historia, incluyendo el mío. Crecí en un chiscón del Barrio de Salamanca de Madrid, subiendo cinco pisos para dormir cada día, con el cariño infinito de un abuelo que se fue demasiado pronto y la zapatilla atinada de una abuela con un genio de armas tomar.