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Ser mujer

Abuelos

Antes que madre fui hija y también nieta y bisnieta, aunque sólo a la mitad. Tuve un padre ausente que decidió que no quería estar en nuestras vidas y media familia que terminó de desaparecer con una muñeca de comunión recogida en Correos con una nota manuscrita «No te preocupes, tus abuelitos te vieron hacer la comunión». En mi mente de 9 años me pregunté, y me sigo preguntando, cómo podían creer que me preocupaba la ausencia de alguien que no estaba nunca. Alguien que, de haber querido, hubiera podido hacerlo porque mi madre, clara como es, siempre dijo que podían vernos.

Los azares del destino nos llevaron de vuelta a casa de mis abuelos maternos y pasé a tener, en la práctica, dos madres y un padre, una relación de complicado encaje por el fuerte carácter de todos los protagonistas de la historia, incluyendo el mío. Crecí en un chiscón del Barrio de Salamanca de Madrid, subiendo cinco pisos para dormir cada día, con el cariño infinito de un abuelo que se fue demasiado pronto y la zapatilla atinada de una abuela con un genio de armas tomar.

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La Maternidad de la A a la Z

La maternidad de la A a la Z: con Z de Zurda

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Tanta magia había y yo no me daba cuenta, tanta, pero tanta magia. Un día el yayo se fue y nos quedamos solas las cuatro, en esa suerte de matriarcado mágico, y difícil, en el que se convirtió nuestra vida. Cuatro mujeres solas viviendo en una casa que no era nuestra y que un día tuvimos que abandonar dando un giro tragicómico de 180º hasta llevarnos al barrio donde vivía quien hoy comparte conmigo cada jornada. Una madre, una abuela que ejercía de madre cuando la propia trabajaba y dos hermanas separadas por catorce meses nada más tratando de reordenar sus vidas.

Dos hermanas, decía, con los ojos tan grandes y abiertos, con tantas ganas de conocer el mundo, de explorar, de saber. Curiosas e inseguras a partes iguales, siempre dudando de nosotras, intentando a veces diluirnos en la realidad, comparándonos no sólo con el resto sino también entre nosotras, qué fácil ver el error ahora, qué complicado hacerlo entonces. Tan cabezotas, tan vehementes, una, mi hermana, perserverante y tenaz. la otra mucho más dejada, siempre con planes a medias, siempre queriendo avanzar pero quedándose por el camino. Ella, la estabilidad, yo, la montaña rusa.

Y Zurdas ambas. No sé si lo fuimos desde el principio las dos o acabamos siéndolo por imitación la una de la otra (desconozco si esto es posible). Lo que es cierto es que para nosotras lo normal es coger el boli con la izquierda y lanzarse a escribir torciendo un poco la hoja, pero sin retorcer la mano. Nunca le he preguntado a mi hermana, pero a mí me gusta (mucho) ser zurda, tanto que me descubro sonriendo con complicidad, igual que cuando porteo, a quien firma con su mano izquierda.

Mi hermana tiene tres hijos, único cada uno de ellos, con quienes crecía en nosotras la esperanza de futura zurdez en cuanto que empezaban a ser autónomos. «Parece que coge la cuchara con la izquierda… aunque luego se la pasa a la derecha» y todas sus variantes fue una de nuestras frases más repetidas. Pero ellos son tan tercos como su madre y tan rebeldes como su tía, así que todos han acabado diestros para desánimo de ambas (aunque sobre todo para mí que tan míos los siento).

Mi esperanza es ahora Ojazos , que hace poco que comienza a coger su cuchara en un afán de alimentarse solos. Me veo repitiendo como un mantra «que sea zurdo, que sea zurdo» y no porque se parezca más a mí, sino porque sea un poco menos igual que los demás, original, diferente (todo lo que permiten dos únicas opciones).