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La Maternidad de la A a la Z

La maternidad de la A a la Z: con D de Dolor

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Dolor, nunca sentí tanto. Dolor físico, dolor de alma, separados, juntos, revueltos, paralizantes en el peor momento. Dolores, maridolores, como decía mi madre que me tenían que haber puesto.

Sentí dolor mientras esperaba que la oxitocina provocara algún tipo de reacción en mi cuerpo, pero fue algo ligero, como anticipando lo que vendría después, como para no asustarme y que tuviera capacidad para afrontar los días siguientes. La doctora me miro de frente «Esto no prospera, no tiene sentido esperar, en cuanto haya anestesista vamos al quirófano» y yo me asusté y miré a mi marido y me dolió el corazón porque él no compartiría conmigo el momento más especial de nuestras vidas, la llegada de nuestro hijo. Y el pequeño salió de mi barriga y me lo pusieron al lado apenas un minuto y se me desgarró el alma, con los brazos abiertos, rozándole apenas con los labios, diciéndole palabras bonitas mientras las lágrimas se desbordaban por el filo de mis ojos.

Y pasaron las horas y volví junto a él. Sé que me esperaba aunque no pudiera decírmelo porque su pequeño cuerpo hablaba para mí. Yo sólo quería levantarme, tirarme de la cama, cuidarle, acunarle, pasearle. Aún duraba el efecto de la epidural que combinada con la euforía de la maternidad me provocaba para comerme el mundo. Pero el efecto pasó y pedí un analgésico y después otro y otro y otro…

Recuerdo ese jueves aciago, doblada, con los puntos tirando, sin poder agacharme siquiera a ponerme las zapatillas, temiendo el momento de ir a hacer pis por tener que hacer fuerza con el abdomen, con el dolor de los entuertos como si hubiera parido. Fue un día muy duro, muy largo, con demasiadas visitas y muy poca intimidad, con la obligación de poner buena cara cuando sólo quería llorar, mi voz de natural enérgica convertida en un hilillo sin ánimo para articular palabra.

Salimos del hospital caminando despacito, muy despacio, por más que lo quería era huir de allí. Los días siguientes de curas y sufrimientos valían la pena con mirar la cara de mi Ojazos, pero me tiraban los puntos y no acababa de encontrarme cómoda en aquel cuerpo dolorido. Después vinieron las grietas y el dolor sordo e insoportable de los pezones en carne viva, un pinchazo intenso que partía de la punta hacia adentro que me paralizaba en cuanto mi hijo comenzaba a llorar.

El dolor menguaba al mismo tiempo que me recuperaba y nuestra vida de nueva familia comenzaba a rodar. Pasaron los días, las semanas, los meses… y en cuanto hubo que buscar guarde para el enano, mi corazón se rompió una vez más. Comenzó siendo una fisura pequeña, casi inapreciable, por la que se iban escapando mi alegría y mis ganas de vivir, porque la búsqueda conllevaba la reincorporación a la vida laboral y la separación de quién desde ese mismo momento ya daba sentido a mi vida. Llorando a cada momento, sin encontrar consuelo, fui avanzando por inercia. El dolor sordo de mi alma no se ha terminado de pasar. Perdura un leve aleteo como el que dejan los buenos perfumes muchas horas después, el que me recuerda que nuestros hijos se merecen que tengamos tiempo para ellos.

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Ser madre

El año en que fui madre: mi balance 2013

Llevaba varios días dándole vueltas a hacer un resumen en el blog de lo que el 2013 ha sido para mí y de pronto me encontré en mi móvil un mensaje de mi querídisima Carol «He publicado». Allí que fui a leer. Y allí que he visto el minicarnaval de Bea y aún sin tener tiempo me he propuesto participar.

2013. Nuestro año. Mi marido nació un trece. Nuestro bebé nacería en el año 13, sólo podía ser así. El bombón nació en enero, así que durante todo este año he sido mamá. Cuando echo la vista atrás me parece mentira la cantidad de cosas que han pasado. Los larguísimos días en el hospital, llegar con el pequeño a casa, las largas noches sin dormir, seguidas de jornadas en las que no conseguía entender qué le pasaba, horas y horas en Twitter mientras le daba la teta. Descubrir el porteo, el colecho, sentir el apoyo en la distancia, tantos consejos, tantas palabras de aliento.
La luna de miel duró hasta junio, cuando por fin comenzaba a disfrutar de la experiencia. La tristeza que me invadió con la vuelta al trabajo y que aún no me ha abandonado del todo. El agobio para conseguir mantener la lactancia. El agobio por no estar con él, por perdérmelo todo. Me caen las lágrimas mientras lo escribo. El cerebro bullendo a mil por hora, las ganas de hacer cosas, querer escribir, el blog rondando desde 2012 con el embarazo. Y en septiembre, al fin, a la vuelta del verano, con más tristeza aún que antes de irme entre mis salidas a correr para no pensar, consiguió salir a la luz.
No publico mucho, publico cuando puedo, que es menos de lo que necesito. Tengo mis asiduas lectoras, que me animan no sólo en la escritura, en la vida también. Gracias Carol, gracias Virginia, gracias Nata, gracias Elena, gracias Ruth, gracias Roberto, gracias, gracias gracias. No sé qué haría sin vosotros.
El 2013 me ha hecho mejor persona, no me canso de repetirlo. El 2013 me ha traído muchas alegrías, muchísimas, pero también mucha tristeza. Un agujero por dentro, una falta de aire que me paraliza y que sólo se soluciona cuando estoy con él. Cuando no estoy con mi HIJO no sólo me falta el aire, también las ganas de vivir. Es como si no tuviera un órgano vital. Sé que esto cambiará con el tiempo. Sobre todo porque no sólo soy madre, también soy mujer. Tengo proyectos. Quiero escribir. No sólo en este blog, también en el de cuentos y publicar, que el libro llegue. Que el 2014 cumpla sueños. Ah, y ser FELIZ.

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Ser madre

Empodérate y sigue tu instinto

Visitar las urgencias pediátricas es para mí una de las experiencias más desagradables, no sólo por lo que me pueda haber llevado allí con mi niño, sino también por las historias que conozco alrededor. El viernes pasado estuve con mi bebé en urgencias, hace justo hoy una semana. Durante las casi 5 horas que pasé allí (sí, cinco) pude ver a muchos niños, bebés pequeños, bebés grandes, pero hubo un caso que me dejó especialmente impactada y del que me da mucha pena no saber nada más.

Mi bebé cogiendo el sueño

Llevaba ya un rato esperando los resultados de la prueba que le habían hecho a mi bebé. La noche había sido un poco traumática, había que llevarlo en ayunas de 6 horas, así que estaba reponsando en la Boba, nuestra mochila ergonómica, y de paso se enganchaba a su tetita cuando le apetecía. En ese ínterin entró una mamá con su bebé en un Bugaboo. A esas alturas ya había charlado con todos los adultos que había en la sala de espera de urgencias pediátricas y con esa mamá también entablé conversación. Mi inocente «Qué chiquitín» fue respondido con un «Ha perdido mucho peso, salió del hospital con 3,600 y pesa de 2,400», con un tono lastimeros y extramadamente triste. Le pregunté cuánto tiempo tenía. 7 días. Y esa mamá rompió a llorar con la desesperación de la mamá primeriza que no sabe si lo que hace está bien hecho, porque como tan bien dice mi amiga Virginia, nos han hecho olvidar el instinto. «Déjalo salir», le dije. Esas lágrimas a raudales me erizaron la piel y reconocí en ellas muchos de los momentos que viví meses atrás. «¿Le das teta?» pregunté y las dudas surgieron a borbotones. Me dijo que sí, pero que no sabía si era suficiente, que a veces se enganchaba y al poco se soltaba y que creía que se quedaba con hambre. Le dije que le pusiera cada vez que le pareciera que quería, le hablé de las crisis de lactancia y entonces salió la pediatra y la llamó. Atiné a decirle que en nuestra ciudad está Multilacta, que lo buscara en internet y asistiera a los grupos de apoyo. No pude verla ni decirle nada más. Me queda una pena grande por ello.
No sé qué sucedió después. Imagino que al bebé le dieron un biberón con leche de fórmula y que la madre se quedó con todas las dudas con las que llegó allí. Fue una situación triste. Muy triste.

Hemos perdido el instinto, sin duda. Sentimos que no estamos capacitadas para cuidar de nuestros bebés, necesitamos creer ciegamente en lo que nos dicen pediatras y enfermeras y ver así reforzada o tirada por tierra nuestra forma de criar. Pues no, señoras. Empoderémonos. Leamos, hablemos entre nosotras, sepamos qué es la lactancia y conozcamos los recursos para salvarla si lo que queremos es amamantar a nuestra cria. Aprendamos acerca de la crianza antes de ser mamás. Pero sobre todo, sigamos nuestro instinto. Y si lo que estamos viviendo no nos cuadra busquemos la respuesta a lo que nos rechina, seguro que nuestro Pepito Grillo nos quiere echar un cable.