Categorías
Ser madre

La decisión de tener hijos

¿Quién lleva la voz cantante en la decisión de tener hijos? ¿Es siempre un consenso? ¿Puede llegar a separar a una pareja?

En nuestro caso, tener un hijo fue una decisión consensuada, se trataba de algo que ambos teníamos claro. De hecho, es algo que hablamos en el inicio de nuestra relación, cuando aún no éramos ni siquiera pareja. Para mí era muy importante que la persona que estuviera a mi lado pensara tener hijos en un futuro porque yo estaba segura de que quería tenerlos, venía en el pack y no era negociable ni se podía pensar más tarde. Si mi marido me hubiera dicho en aquel entonces que no quería ser padre o que no lo tenía claro no hubiera llegado a ser mi novio porque la maternidad era algo que yo sí quería vivir.

Categorías
La Maternidad de la A a la Z

La maternidad de la A a la Z: con Q de Queja

embarazada silla2

 

La queja, el quejío, el sonido lastimero, la pena. La manifestación de la disconformidad, de la incorfomidad, del «no puedo con esto». Esa queja perpertua colgando de mi labio, a punto de desbordarlo, de resbalar, de caer dramáticamente hasta el suelo y resonar, hacerse visible, audible, tropezar, rebotar, romper. Romper con todo, con lo que molesta, huir del consejo no pedido, liberarse de la culpa acumulada. La queja. No la que yo había vivido hasta entonces, no la que he gritado hasta la saciedad, no, otra diferente. Dejó de ser la queja que me tenía en el centro de mi universo, porque el centro comenzó a ser él, Ojazos . Con su llegada la falta de sueño, la falta de tiempo, la falta de apoyo, el escaso orden de las prioridades, el andar dando tumbos y la queja otra vez ahí, justificada a veces, otras sacada de quicio. Muerta de angustia, intentado saber,intentado entender por qué eran las cosas cómo eran y mi vida andaba cómo andaba, pero sin conseguirlo, porque hay cosas que no tienen explicación por más que una se empeñe en buscarla.

Y pasó el tiempo, pero poco mejoró. La falta de optimismo, la negatividad, el hartazgo, tantas horas separados, desperdiciadas, tan pocas cosas realizadas, mi cabeza funcionando a mil, gritándome, pero también gritando al mundo, ansiosa por saber a quién beneficia esta organización de la sociedad que tan poco tiempo deja libre para la familia. Me canso de oírme, me agoto, pero sigo quejándome. Me quejo por lo de fuera, pero también por lo de dentro, por ese discurso de corresponsabilidad que no siempre cala, pero que en mi mente siempre está presente. Y me quejo por mí misma, por todas esas cosas que creo hacer mejor que los demás, en las que no dejo que participen, en mi parcela, pero no me eximo de culpa tirana soy hasta conmigo misma.

Más de 30 años acompañándome esta queja eterna. No quiero callarme. No quiero tragar. No con lo que no puedo cambiar sola. Quizá no sirva de nada, pero si no me muevo por lo que me rebela habré muerto. Quejénse. Quejémonos. Que nos oigan, que enmudezcan, que se angustien tal como nos angustiamos los demás. Que sepan que no somos tontos, que algún día nos daremos cuenta de que el mango está en nuestra mano y, entonces, serán ellos los que tendrán que empezar a quejarse.