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Ser madre

5 cosas que cambiaría si volviera a quedarme embarazada

Ahora que Ojazos ya ha cumplido 3 años y que es evidente que ya no tenemos un bebé en nuestras vidas, pienso mucho en el camino que nos ha traído hasta aquí, en el que vivimos y en el que me hubiera gustado vivir. Ayer, a raíz de una publicación en Facebook en la que se ponía de manifiesto que una parturienta necesita luz baja porque la melatonina desencadena el parto, Carol, autora del blog Quiero Vivirte y una mujer excepcional, comentaba cuántas cosas cambiarían si se quedara embarazada ahora. Y como es algo que llevo pensando tiempo, hoy os cuento cinco de esas cosas.

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Mi lactancia: las grietas

Una de las pocas cosas que tuve claras durante mi embarazo fue que cuando Ojazos llegara al mundo le daría pecho. Todavía no había leído a Carlos González, pero sí había trasteado bastante por Maternidad Continuum y estaba convencida de que la leche materna era el mejor alimento para él. Cuando me remonto al principio siempre pienso que me hubiera venido muy bien haber leído antes, conocer cómo funciona el pecho, ir un poco más allá de aquello de que la lactancia materna es «a demanda» porque yo, aún convencida, empecé a informarme de verdad un poco tarde.

En mi entorno todos mis referentes fueron bebés alimentados con biberón. Mis sobrinos tomaron leche materna, pero fueron destetados pronto, cada uno de los tres por diferentes causas. Además, obviamente, ya no vivía con mi hermana cuando tuvo a sus hijos, así que mis conocimientos se reducían a la teoría más lejana: la escrita. La teta era un tema que me agobiaba pero no pensaba desfallecer y mantuve todas mis esperanzas puestas en las clases de preparación al parto, pensando que cada una de mis dudas sería resulta y que saldría de allí prácticamente hecha una experta en el tema. Cuánto me equivocaba. A mí todo aquello me sonaba a chino. ¿Cómo que el niño mostraba señales de hambre antes de ponerse a llorar como un loco, que el llanto era el último de los signos, al que no debíamos esperar? ¿Qué era eso de que tenía que vaciar el pecho? ¿Y cómo sabía si se había vaciado del todo? ¿Y aquéllo de que tenía que colocar al bebé ombligo con ombligo contra mí y con el cuerpo alineado? ¡En esa postura su boquita no llegaría a mi pezón! Lo veía todo tan teórico, que salí de allí con dudas nuevas, cosas en las que antes ni se me hubiera ocurrido pensar.

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La Maternidad de la A a la Z

La maternidad de la A a la Z: con D de Dolor

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Dolor, nunca sentí tanto. Dolor físico, dolor de alma, separados, juntos, revueltos, paralizantes en el peor momento. Dolores, maridolores, como decía mi madre que me tenían que haber puesto.

Sentí dolor mientras esperaba que la oxitocina provocara algún tipo de reacción en mi cuerpo, pero fue algo ligero, como anticipando lo que vendría después, como para no asustarme y que tuviera capacidad para afrontar los días siguientes. La doctora me miro de frente «Esto no prospera, no tiene sentido esperar, en cuanto haya anestesista vamos al quirófano» y yo me asusté y miré a mi marido y me dolió el corazón porque él no compartiría conmigo el momento más especial de nuestras vidas, la llegada de nuestro hijo. Y el pequeño salió de mi barriga y me lo pusieron al lado apenas un minuto y se me desgarró el alma, con los brazos abiertos, rozándole apenas con los labios, diciéndole palabras bonitas mientras las lágrimas se desbordaban por el filo de mis ojos.

Y pasaron las horas y volví junto a él. Sé que me esperaba aunque no pudiera decírmelo porque su pequeño cuerpo hablaba para mí. Yo sólo quería levantarme, tirarme de la cama, cuidarle, acunarle, pasearle. Aún duraba el efecto de la epidural que combinada con la euforía de la maternidad me provocaba para comerme el mundo. Pero el efecto pasó y pedí un analgésico y después otro y otro y otro…

Recuerdo ese jueves aciago, doblada, con los puntos tirando, sin poder agacharme siquiera a ponerme las zapatillas, temiendo el momento de ir a hacer pis por tener que hacer fuerza con el abdomen, con el dolor de los entuertos como si hubiera parido. Fue un día muy duro, muy largo, con demasiadas visitas y muy poca intimidad, con la obligación de poner buena cara cuando sólo quería llorar, mi voz de natural enérgica convertida en un hilillo sin ánimo para articular palabra.

Salimos del hospital caminando despacito, muy despacio, por más que lo quería era huir de allí. Los días siguientes de curas y sufrimientos valían la pena con mirar la cara de mi Ojazos, pero me tiraban los puntos y no acababa de encontrarme cómoda en aquel cuerpo dolorido. Después vinieron las grietas y el dolor sordo e insoportable de los pezones en carne viva, un pinchazo intenso que partía de la punta hacia adentro que me paralizaba en cuanto mi hijo comenzaba a llorar.

El dolor menguaba al mismo tiempo que me recuperaba y nuestra vida de nueva familia comenzaba a rodar. Pasaron los días, las semanas, los meses… y en cuanto hubo que buscar guarde para el enano, mi corazón se rompió una vez más. Comenzó siendo una fisura pequeña, casi inapreciable, por la que se iban escapando mi alegría y mis ganas de vivir, porque la búsqueda conllevaba la reincorporación a la vida laboral y la separación de quién desde ese mismo momento ya daba sentido a mi vida. Llorando a cada momento, sin encontrar consuelo, fui avanzando por inercia. El dolor sordo de mi alma no se ha terminado de pasar. Perdura un leve aleteo como el que dejan los buenos perfumes muchas horas después, el que me recuerda que nuestros hijos se merecen que tengamos tiempo para ellos.