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Ser madre

Mi lactancia: las grietas

Una de las pocas cosas que tuve claras durante mi embarazo fue que cuando Ojazos llegara al mundo le daría pecho. Todavía no había leído a Carlos González, pero sí había trasteado bastante por Maternidad Continuum y estaba convencida de que la leche materna era el mejor alimento para él. Cuando me remonto al principio siempre pienso que me hubiera venido muy bien haber leído antes, conocer cómo funciona el pecho, ir un poco más allá de aquello de que la lactancia materna es «a demanda» porque yo, aún convencida, empecé a informarme de verdad un poco tarde.

En mi entorno todos mis referentes fueron bebés alimentados con biberón. Mis sobrinos tomaron leche materna, pero fueron destetados pronto, cada uno de los tres por diferentes causas. Además, obviamente, ya no vivía con mi hermana cuando tuvo a sus hijos, así que mis conocimientos se reducían a la teoría más lejana: la escrita. La teta era un tema que me agobiaba pero no pensaba desfallecer y mantuve todas mis esperanzas puestas en las clases de preparación al parto, pensando que cada una de mis dudas sería resulta y que saldría de allí prácticamente hecha una experta en el tema. Cuánto me equivocaba. A mí todo aquello me sonaba a chino. ¿Cómo que el niño mostraba señales de hambre antes de ponerse a llorar como un loco, que el llanto era el último de los signos, al que no debíamos esperar? ¿Qué era eso de que tenía que vaciar el pecho? ¿Y cómo sabía si se había vaciado del todo? ¿Y aquéllo de que tenía que colocar al bebé ombligo con ombligo contra mí y con el cuerpo alineado? ¡En esa postura su boquita no llegaría a mi pezón! Lo veía todo tan teórico, que salí de allí con dudas nuevas, cosas en las que antes ni se me hubiera ocurrido pensar.

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La Maternidad de la A a la Z

La maternidad de la A a la Z: con N de Nosotros

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Nosotros éramos dos. Nos conocimos en mi peor momento y me caíste bien porque me hacías reír. Lo nuestro no fue un flechazo, fue una historia muy paulatina, con mucha calma, como si ambos quisiéramos guardarnos de estropearlo intuyendo un futuro juntos. Como el tiempo  nunca era bastante cuando lo compartíamos, sacábamos horas alargando los días, penitencia pagada a la mañana siguiente con mucho sueño y pocas ganas de trabajar. Los teléfonos echaban humo si estábamos separados, ardiendo en llamadas eternas y mensajes que gritaban palabras de amor. En nuestro afán de seguir siendo dos cada uno cedió una parte, de tal forma que comenzaron a gustarme tus spaghetti picante y empezaste a soportar mis ñoñas pelis de amor. Algunos días nos olvidábamos de comer, borrachos de amor y sexo, caricias, abrazos, besos, largas miradas a los ojos. No era perfecto, ni mucho menos, pero era nuestro nosotros. Éramos el centro de nuestro egoísta universo, olvidando a veces todo lo que estaba alrededor.

Nosotros éramos dos y desde esa dualidad decidimos un día convertirnos en tres. Recuerdo tu seguridad al ver la rayita rosa en la prueba de embarazo «Ya lo sabía» dijiste. Sentí el vértigo, el de la responsabilidad y el del cambio, el de encajar al nuevo en nuestro puzzle, en ese que siempre dices que yo completo, el de encajarte a ti en mi complejidad maternal.

Y llegó él y el nosotros cambió de una forma que nunca habríamos imaginado. No es que fuéramos tres, es que fuimos dos y tú, de pronto el que no encajaba era papá en medio de todas la novedades. No nos comprendíamos, una vez más esto no era como me lo habían contado. Mi bebé y yo perfecto binomio, pero ni tú sabías como tratarme ni yo sabía hacerme entender. El nosotros de diluía y yo sólo quería llorar por lo que entendía que estaba perdiendo. Fueron meses difíciles. Como con casi todo lo que he vivido desde que soy madre, cuando me decidí a compartirlo descubrí que no era la única a la que le pasaba, aunque a priori me pareciera así. Empecé a pensar que quizá fuera cuestión de tiempo, que hay una dimensión del puerperio que obviamos y que no es meramente física ni psicológica de la madre con el bebé, sino que afecta a la relación parental. Y cuando terminó el puerperio, el mental, nos volvimos a encontrar.

Ahora estamos redescubriendo el nosotros. El de los tres y el de los dos, haciendo encaje de bolillos para que cada uno encuentre su lugar en esta pequeña familia que hemos fundado. Un nosotros ampliado, el de los tres, que busca el de los dos al final del día, cuando Ojazos descansa y tú y yo nos tomamos de la mano.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Lo que nunca me hubiera imaginado de la maternidad (III): lactancia

La lactancia, la gran palabra. La que, sólo con ser pronunciada, genera los sentimientos más viscerales y encontrados. Ya os conté en otra entrada que desde que fui consciente de mi embarazo nunca me planteé darle a mi hijo ningún otro alimento diferente de la leche que mi cuerpo produjera para él. Para mí el tándem «bebé-leche de mamá» es inseparable. Ya sabéis que yo soy muy pro-lactancia.

La primera noche que tuve a mi bombón conmigo las cosas no fueron nada fáciles. Tras la cesárea todo mi afán era no sentirme una inútil y poder valerme por mí misma, hasta tal punto que lo primero que pregunté fue cuándo podría ducharme. Así que una vez que me subieron de la rea me costó mucho aceptar que no podía moverme con facilidad, ni siquiera podía incorporarme sola deslizándome hacia arriba en la cama. Y allí estaba él. Tan pequeño que todos los pijamas que le habíamos llevado le estaban grandes. Y allí estaba yo, con todo el cuerpo tan dormido que no me podía manejar. Vino una enfermera, una mujerona grandota, cogió a mi hijo y me lo puso al pecho. El pequeño me hizo daño. «Si tienes que volvértelo a poner y tienes dudas, me llamas» me dijo y se marchó. Mientras lo recuerdo sé que la postura era inadecuada. Mientras lo recuerdo pienso en la porquería de ayuda que me brindó. Y allí nos quedamos los tres. Mi niño seguía haciéndome daño mientras mamaba. Yo apretaba los dientes, me lo intentaba quitar, no lo conseguía y seguía poniéndolo MAL al pecho. Habíamos pasado tres horas separados y sabía que era fundamental tenerlo cerquita y succionando para que me subiera la leche, así que lo ponía una y otra vez. Por la mañana ya tenía grietas.

Los días y semanas siguientes no facilitaron mucho las cosas. Yo seguía pasándolo fatal incluso con las pezoneras puestas, así que dejé de usarlas. Tampoco quería depender mucho de ellas porque no quería que interfirieran en la lactancia, pero es que, además, el único día que me hizo sangre fue con ellas puestas. Las visitas que te miran tiernamente mientras das el pecho no ayudan nada tampoco. Si mi niño lloraba de hambre yo me ponía a llorar al mismo tiempo porque sabía que me esperaba un rato de dolor intenso. Para amamantar necesitaba, tanto en el hospital como después en casa, una tranquilidad que muchas veces no encontraba y una y otra vez venían a mi cabeza las palabras de las matronas: espacio para la mamá y el bebé, que los papás se lleven a las visitas a la cafetería o que las echen directamente, las abuelas que venga a limpiar y hacer comidas… Nosotros lo hicimos todo mal. Y yo estaba tan cansada y con tal subidón emocional que no atinaba a encontrar la forma de decírselo a mi marido y que entendiera la importancia que tenía.

Con cada revisión del enano yo  pasaba a ver a la matrona. El agarre era perfecto. El niño mamaba bien. No entendía por qué las grietas no curaban, debía ser mi piel. Me obligó a desterrar los discos de lactancia y el purelán porque no sólo no curaban, sino que empeoraban mis heridas. Me informó de que la mejor forma de curar las grietas es dejar secar una gota de leche sobre el pezón después de la toma y mantener el pecho al aire, así que me pasé febrero, marzo y buena parte de abril cual amazona por casa. Al mismo tiempo empecé a leer, tarde, pero empecé. Aprendí mucho sobre el milagro de la leche materna. Sentí el apoyo virtual de mi comunidad 2.0, porque lo único que me faltó fue ir a los grupos de apoyo a la lactancia. Ver cómo crecía mi pequeño, cada vez más grande y saludable, me animaba a continuar con la lactancia cada día, por encima de los obstáculos que hemos ido encontrando en nuestro camino.

Como me dijo una de las matronas de los cursos de preparación al parto, necesitamos los cursos porque hemos perdido el sentido de tribu. Vivimos cada vez más separados y, en muchas ocasiones, el primer bebé que vemos es el nuestro, así que cuando llega a nuestras vidas no tenemos ni idea de lo que es un parto o cómo se amamanta. Necesitamos conectar con nuestro instinto y buscar la información que está a nuestro alcance, que es mucha y diversa. Porque el hecho de que vengamos con el pack no significa que sepamos cómo hacerlo.