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#MedidasConciliación

#MedidasConciliación: Primeras propuestas

Hace unos días os proponía que me enviaséis vuestras propuestas en un intento de reactivar el debate sobre la conciliación familiar y laboral en España. Para querer conciliar no hace falta tener hijos, ni siquiera pareja, sólo tener trabajo y vida, así de sencillo, así que este tema debería movernos a todos.

Desde que ando metida en esto del 2.0, pero aún más desde que soy madre, me he dado cuenta del descontento general que vivimos una gran parte de los trabajadores en España. Horarios agotadores, con pausas eternas para comer y horas de salida inciertas constituyen un panorama desolador. Estoy segura de que somos nosotros quienes tenemos las ideas adecuadas para poder cambiarlo. Quizá a quien pueda hacerlo ni siquiera se le hayan ocurrido, así que vamos a ponerlas negro sobre blanco y arrojarlas al mundo. ¿Y si cambiamos algo?

Estas son las propuestas recibidas hasta el momento:

  1. Trabajo por objetivos no por horario que cumplir. Adiós a la política de calentar silla
  2. Teletrabajo y aprovechamiento de las nuevas tecnologías en el entorno profesional
  3. Flexibilidad horaria
  4. Medidas para todos los trabajadores, no sólo para aquellos que tienen hijos
  5. Ampliación de la baja maternal al menos a 6 meses (reales)
  6. Baja por maternidad igual para padres y madres (todos somos padres al fin y al cabo). Así, además, se evita que se penalice laboralmente a la mujer en edad fertil
  7. Posibilidad de hacer un descanso para la extracción de leche para aquellas madres que quieran continuar con la lactancia materna. Disponibilidad de un lugar limpio, aseado y agradable para realizar dicha extracción.
  8. Descuentos y desgravaciones para aquellos que realmente lo necesitan, no sólo en función del número de hijos

Estoy segura de que se os ocurren más cosas que son factibles. Enviadme vuestras ideas, estoy deseando leerlas. Os recuerdo el correo

estonoescomomelocontaron@outlook.es

CAMBIEMOS LAS COSAS, MOVAMOS EL MUNDO.

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La Maternidad de la A a la Z

La maternidad de la A a la Z: con D de Dolor

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Dolor, nunca sentí tanto. Dolor físico, dolor de alma, separados, juntos, revueltos, paralizantes en el peor momento. Dolores, maridolores, como decía mi madre que me tenían que haber puesto.

Sentí dolor mientras esperaba que la oxitocina provocara algún tipo de reacción en mi cuerpo, pero fue algo ligero, como anticipando lo que vendría después, como para no asustarme y que tuviera capacidad para afrontar los días siguientes. La doctora me miro de frente «Esto no prospera, no tiene sentido esperar, en cuanto haya anestesista vamos al quirófano» y yo me asusté y miré a mi marido y me dolió el corazón porque él no compartiría conmigo el momento más especial de nuestras vidas, la llegada de nuestro hijo. Y el pequeño salió de mi barriga y me lo pusieron al lado apenas un minuto y se me desgarró el alma, con los brazos abiertos, rozándole apenas con los labios, diciéndole palabras bonitas mientras las lágrimas se desbordaban por el filo de mis ojos.

Y pasaron las horas y volví junto a él. Sé que me esperaba aunque no pudiera decírmelo porque su pequeño cuerpo hablaba para mí. Yo sólo quería levantarme, tirarme de la cama, cuidarle, acunarle, pasearle. Aún duraba el efecto de la epidural que combinada con la euforía de la maternidad me provocaba para comerme el mundo. Pero el efecto pasó y pedí un analgésico y después otro y otro y otro…

Recuerdo ese jueves aciago, doblada, con los puntos tirando, sin poder agacharme siquiera a ponerme las zapatillas, temiendo el momento de ir a hacer pis por tener que hacer fuerza con el abdomen, con el dolor de los entuertos como si hubiera parido. Fue un día muy duro, muy largo, con demasiadas visitas y muy poca intimidad, con la obligación de poner buena cara cuando sólo quería llorar, mi voz de natural enérgica convertida en un hilillo sin ánimo para articular palabra.

Salimos del hospital caminando despacito, muy despacio, por más que lo quería era huir de allí. Los días siguientes de curas y sufrimientos valían la pena con mirar la cara de mi Ojazos, pero me tiraban los puntos y no acababa de encontrarme cómoda en aquel cuerpo dolorido. Después vinieron las grietas y el dolor sordo e insoportable de los pezones en carne viva, un pinchazo intenso que partía de la punta hacia adentro que me paralizaba en cuanto mi hijo comenzaba a llorar.

El dolor menguaba al mismo tiempo que me recuperaba y nuestra vida de nueva familia comenzaba a rodar. Pasaron los días, las semanas, los meses… y en cuanto hubo que buscar guarde para el enano, mi corazón se rompió una vez más. Comenzó siendo una fisura pequeña, casi inapreciable, por la que se iban escapando mi alegría y mis ganas de vivir, porque la búsqueda conllevaba la reincorporación a la vida laboral y la separación de quién desde ese mismo momento ya daba sentido a mi vida. Llorando a cada momento, sin encontrar consuelo, fui avanzando por inercia. El dolor sordo de mi alma no se ha terminado de pasar. Perdura un leve aleteo como el que dejan los buenos perfumes muchas horas después, el que me recuerda que nuestros hijos se merecen que tengamos tiempo para ellos.

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Ser madre

Lo que nunca me hubiera imaginado de la maternidad (III): lactancia

La lactancia, la gran palabra. La que, sólo con ser pronunciada, genera los sentimientos más viscerales y encontrados. Ya os conté en otra entrada que desde que fui consciente de mi embarazo nunca me planteé darle a mi hijo ningún otro alimento diferente de la leche que mi cuerpo produjera para él. Para mí el tándem «bebé-leche de mamá» es inseparable. Ya sabéis que yo soy muy pro-lactancia.

La primera noche que tuve a mi bombón conmigo las cosas no fueron nada fáciles. Tras la cesárea todo mi afán era no sentirme una inútil y poder valerme por mí misma, hasta tal punto que lo primero que pregunté fue cuándo podría ducharme. Así que una vez que me subieron de la rea me costó mucho aceptar que no podía moverme con facilidad, ni siquiera podía incorporarme sola deslizándome hacia arriba en la cama. Y allí estaba él. Tan pequeño que todos los pijamas que le habíamos llevado le estaban grandes. Y allí estaba yo, con todo el cuerpo tan dormido que no me podía manejar. Vino una enfermera, una mujerona grandota, cogió a mi hijo y me lo puso al pecho. El pequeño me hizo daño. «Si tienes que volvértelo a poner y tienes dudas, me llamas» me dijo y se marchó. Mientras lo recuerdo sé que la postura era inadecuada. Mientras lo recuerdo pienso en la porquería de ayuda que me brindó. Y allí nos quedamos los tres. Mi niño seguía haciéndome daño mientras mamaba. Yo apretaba los dientes, me lo intentaba quitar, no lo conseguía y seguía poniéndolo MAL al pecho. Habíamos pasado tres horas separados y sabía que era fundamental tenerlo cerquita y succionando para que me subiera la leche, así que lo ponía una y otra vez. Por la mañana ya tenía grietas.

Los días y semanas siguientes no facilitaron mucho las cosas. Yo seguía pasándolo fatal incluso con las pezoneras puestas, así que dejé de usarlas. Tampoco quería depender mucho de ellas porque no quería que interfirieran en la lactancia, pero es que, además, el único día que me hizo sangre fue con ellas puestas. Las visitas que te miran tiernamente mientras das el pecho no ayudan nada tampoco. Si mi niño lloraba de hambre yo me ponía a llorar al mismo tiempo porque sabía que me esperaba un rato de dolor intenso. Para amamantar necesitaba, tanto en el hospital como después en casa, una tranquilidad que muchas veces no encontraba y una y otra vez venían a mi cabeza las palabras de las matronas: espacio para la mamá y el bebé, que los papás se lleven a las visitas a la cafetería o que las echen directamente, las abuelas que venga a limpiar y hacer comidas… Nosotros lo hicimos todo mal. Y yo estaba tan cansada y con tal subidón emocional que no atinaba a encontrar la forma de decírselo a mi marido y que entendiera la importancia que tenía.

Con cada revisión del enano yo  pasaba a ver a la matrona. El agarre era perfecto. El niño mamaba bien. No entendía por qué las grietas no curaban, debía ser mi piel. Me obligó a desterrar los discos de lactancia y el purelán porque no sólo no curaban, sino que empeoraban mis heridas. Me informó de que la mejor forma de curar las grietas es dejar secar una gota de leche sobre el pezón después de la toma y mantener el pecho al aire, así que me pasé febrero, marzo y buena parte de abril cual amazona por casa. Al mismo tiempo empecé a leer, tarde, pero empecé. Aprendí mucho sobre el milagro de la leche materna. Sentí el apoyo virtual de mi comunidad 2.0, porque lo único que me faltó fue ir a los grupos de apoyo a la lactancia. Ver cómo crecía mi pequeño, cada vez más grande y saludable, me animaba a continuar con la lactancia cada día, por encima de los obstáculos que hemos ido encontrando en nuestro camino.

Como me dijo una de las matronas de los cursos de preparación al parto, necesitamos los cursos porque hemos perdido el sentido de tribu. Vivimos cada vez más separados y, en muchas ocasiones, el primer bebé que vemos es el nuestro, así que cuando llega a nuestras vidas no tenemos ni idea de lo que es un parto o cómo se amamanta. Necesitamos conectar con nuestro instinto y buscar la información que está a nuestro alcance, que es mucha y diversa. Porque el hecho de que vengamos con el pack no significa que sepamos cómo hacerlo.