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Ser madre

Historia de nuestro destete. Una carta a mi hijo.

Hola, hijo:

Al final, el final ha llegado. Durante estos cuatro años y medio te he alimentado con mi cuerpo. Te he calmado y protegido, he sido tu lugar en el mundo y tu refugio. Pero, hace un par de semanas, le dijimos adiós a nuestra lactancia. Hace un par de semana finiquitamos nuestro destete.

Hablo de nuestro destete, en plural, porque esta ha sido una vivencia de dos. Desde el principio. Hoy mismo leía a Elena, de Monitos y Risas, contar que hay decisiones de la maternidad y paternidad que ella considera exclusivas de la madre. Como la lactancia. Lo mismo me ocurrió a mí. Fui yo quien decidió darte teta. Más allá de que «fuera de lo mejor», de los beneficios tantas y tantas veces leídos tanto para ti como para mí, amamantarte me pareció lo más normal. Lo que sentí como madre que tenía que hacer.

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Ser madre

Adiós al sacaleches

Fuente imagen: www.philips.es
Fuente imagen: www.philips.es

Sé perfectamente que quizá éste sea también el principio del fin de nuestra lactancia, por la que tanto hemos luchado y en la que tantas horas hemos invertido, pero llegó el momento de decir adiós al sacaleches. Ahora, mientras lo escribo, me pongo melancólica, mira tú, echando la vista atrás y viendo todo lo que he pasado para llegar hasta aquí, pero también sé que es la decisión adecuada.

Me reincorporé al trabajo tras mi permiso por maternidad con mucho estrés y algo de preocupación, ¿conseguiría mantener la lactancia materna exclusiva que suponía el alimento de Ojazos hasta el momento? Hacía cada trayecto al trabajo con mi bolsa de transporte colgada del brazo, a la ida sólo con el sacaleches y al regreso con los vasitos de leche también. Llevaba un ritmo brutal de extracción que fui espaciando según Ojazos crecía e introducíamos la complementaria. Pasaron los meses, el peque cumplió el año, el año y medio y a mí cada vez me costaba más emplear la mitad de mi eterna hora de la comida en extraer una cantidad que sabía a todas luces insuficiente para cubrir las necesidades de mi hijo. ya que, sólo para desayunar, se mete un biberón de 240 ml. de leche entera entre pecho y espalda. Así que a la vuelta de vacaciones decidí que ya no más.

Soy un mamífero
Soy un mamífero

Me ha costado dar el paso, pero necesito un poco de tiempo para afrontar la cantidad de proyectos que tengo entre manos y el único del que dispongo cada día son esas dos horas de la comida. Además de que si quedaba a comer con alguien ya me resultaba imposible extraerme en otro momento. ¿Por qué creo que es el principio del fin? Pues porque Ojazos ya apenas mama por la noche y pasamos 13 horas separados. Si para que haya producción tiene que haber extracción, poco voy a producir ya. Así que, sí, es probable que lo sea. Él seguirá pidiendo su tetita como consuelo pero como alimento creo que durará poco ya. Se me hace mayor mi chico. Y yo necesito volar.

 

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La Maternidad de la A a la Z

Con V de Verónica, un epílogo para mi Maternidad de la A a la Z

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Corría mayo del 2013. Para mí todavía era Trimadre a los 30 y empezó a tuitear algo así como #azdelamaternidad. Yo estaba en plena luna de miel con mi hijo  porque, aunque me incorporaba a la oficina a mitad de junio y comenzaba a agobiarme, todavía no sentía que el tiempo corría en mi contra. Leía en Twitter una y otra vez #azdelamaternidad y pensaba «Cuánto me gustaría participar en eso» pero pasaban las semanas y con cada una de ellas llegaba una nueva entrega en la que seguía sin estar.

Llegó junio y el momento de la reincorporación. No llevaba ni diez días en la oficina y ya estaba de nuevo inmersa en el estrés, mi boca emitiendo una permanente queja, sintiéndome idiota por no poder disfrutar de mi bebé,  cargando con una decisión que no podía ser otra pero que pesaba como una losa sobre mi espalda. Más de 12 horas separados y mi cabeza a punto de explotar. ¿Para esto había tenido a Ojazos? ¿Para no poder estar con él? Sentía que los días separada de mi familia eran demasiado largos y la tristeza comenzaba a hacer mella en mí.

Pero los meses sólo duran 30 días y pronto vino agosto con sus vacaciones en Somo. Horas de porteo y de disfrutar de nosotros tres, de aprovechar al máximo la luz de los largos días de verano, con mi pequeño mamífero enganchado a mí. Volví queriendo ser hippie, después de unas jornadas preciosas que atesoraré con sus recuerdos y risas como el primer año de mi  pececillo en la playa, viendo surferos viviendo en furgonetas que me hicieron darme cuenta de que no es necesario tener tanto para ser feliz.

Septiembre, ese mes que trajo mi vía de escape, este blog, que ahuyenta mi soledad y me ayuda a no volverme loca. Mi blog, el que grita mi dolor para descargar mi alma, el que me preocupaba que quedara bonito y no pareciera una ñapa de principiante, que al fin y al cabo es lo que soy,  en el que escribo cada cosa que me preocupa o atormenta en este largo camino de amor que es la maternidad, en el que conté qué es la colelitiasis de tal forma que la exorcicé desapareciendo de nuestras vidas al instante.

Para entonces Trimadre ya no era sólo Trimadre, por más que a mí me encantara seguir llamándola Tri, había pasado a ser Verónica, la mujer de los abrazos energéticos (pero esto lo descubrí después) y a quien, en un órdago tuitero de esos que nos echamos de vez en cuando, le cogí el guante y me apunté al AZ. A las que empezaron por mayo les quedaban siete entregas cuando yo me uní, así que me decidí a esprintar sabiendo que, ni de coña llegaría, pero procurando que los post que llegara a publicar no fueran una kaka. Y esta zurda se lió a escribir y entre conversaciones interminables de whatsapp conseguí terminar a tiempo. No sé si con éxito, pero desde luego este diccionario es único. Os dejo juzgar.

Mi diccionario acaba con la V de Verónica la mujer que nos unió, que se permitió soñar y nos arrastró con ella. La mujer que vino un día a Madrid  y la lió, y nos juntó a todas a lo largo de dos días porque sólo la noche se nos quedaba corta. Verónica  que me vio cruzar una puerta y me dijo con la mirada «Ey, te reconozco» y me dio un abrazo inmenso y corroboró que lo que yo sentía en la distancia era igual de real en la cercanía. Verónica la mujer que nos mantuvo unidas aún cuando se tuvo que marchar. Sin Verónica mi rutina sería muy distinta, por grandilocuente que suene. Gracias por embarcarme en la locura y por animarme a terminar.