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Ser mujer

Canas

Hoy al fin he asumido que estoy en el paro y que hay ciertos gastos que tengo que recortar, así que cuando hemos ido a hacer la compra al súper he comprado un tinte: adiós peluquería para mí durante una temporada salvo para lo imprescindible (sí, taparme las cana es imprescindible, pero lo puedo hacer yo; arreglarme el corte de pelo no).
Cuando he llegado a casa, después de hacer un bizcocho (quién me ha visto y quién me ve), me he tapado las canas. En un momento determinado, al levantarme otra capa de pelo para teñirla, he visto el color de mi pelo. El mío, el de verdad, el que hace años que no veía y que desde hace una temporada llevo pensando que me gustaría recuperar, el que ya no puedo recuperar porque ahora tengo canas.

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Ser mujer

Pequeños machismos de andar por casa

Ayer mi amiga Carol hacía una reflexión en su muro de Facebook que comenzaba así

No me considero feminista (no me gustan los «ismos»), pero me gustan las mujeres valientes que plantan cara a los gallitos de corral, esos que creen tener suficiente con su sobrestimada virilidad para hacerle callar, para gritarle, menospreciarle e invalidarla como profesional, aún sabiendo que en profesionalidad les gana por goleada (o precisamente por eso)…

Le di al «me gusta» porque sus palabras rezuman una verdad y una claridad meridianas y mi querida Trimadre a los 30 hizo un apunte magistral, como siempre, acerca de la importancia de llegar al activismo también en este aspecto en la sociedad actual. Pero, ¿qué ocurre cuando no se trata de gallitos de corral? ¿cuándo hablamos de pensamientos que están a la orden del día, que corren de boca en boca sin que nadie repare en lo perjudicial de los mismos? Os expongo un par de ejemplos.

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Ser madre

Obstáculos

Llegó al trabajo aquella mañana como un día más pero no iba a ser un día cualquiera, una llamada de la encargada las puso sobre aviso: «Creo que me van a despedir»  el pitido insolente del teléfono nos alertó a las demás al tiempo. Y la despidieron. Así, de un rato para otro 14 años de dedicación dejaban de valer. No se trataba de que ella trabajara mal, una mera razón económica bien argüida por el propietario del local la dejaba en la calle. Impotentes, las otras cuatro participábamos de la injusticia desde el otro lado del invisible hilo. Nadie dijo que la vida fuera justa, pero a veces es demasiado injusto ver cómo se ceba con los mismos y la cola del paro no es desconocida en su casa. Ahora no sabe por dónde tirar, pero por ella y por su familia tiene que buscar un camino cada día.

Igual que se levanta cada mañana otra de ellas y afronta su ya no reducida jornada laboral, obligación que asume consciente de que, de no hacerlo, hubiera tenido que prescindir de su trabajo. Sufre por perderse un sólo segundo de la vida de su hija, porque estar separadas es regalar demasiado a quien no entiende que estar más horas no ayuda a ser más eficiente, sólo te hace más infeliz. Y nos lo cuenta a través de ese sistema de mensajería desde el que hace unos meses nos dio la increíble noticia «Está en el hospital».