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Ser madre

Reencontrarse

Ayer cuando llegué del curro, los chicos estaban en el parque. Llegué justo a tiempo para ver cómo un niño que conocemos de la piscina le daba un empujón a Ojazos y lo tiraba de cabeza el suelo. Inmediatamente rompió a llorar con desesperación. Me acerqué y le pregunté por qué se estaba pegando con él. Al mismo tiempo, le abrazaba para consolarle. El resto de las madres me miraron como si fuera una extraterrestre. Desconozco el motivo. Aprovechamos el momento para marchar a casa.

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Ser madre

Y cumples 3

Hoy cumples 3 y yo ya no tengo bebé. Comencé a sospecharlo cuando tus frases empezaron a ser inteligiles y a confirmarlo cuando compré el primer paquete de calzoncillos de Cars. De pronto te me has hecho un chico grande en ese metro escaso que mides. Grande porque has conseguido hacerme grande a mí, porque cuando me veo reflejada en esos ojos azules tuyos veo una mejor persona. Porque desde tu inocencia cada día me enseñas: a ser un poco más paciente, un poco más inocente, a jugar más, a dejarme sorprender, a disfrutar de un baño lleno de risas locas.

Otro futuro fotógrafo
Otro futuro fotógrafo
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Ser mujer

Abuelos

Antes que madre fui hija y también nieta y bisnieta, aunque sólo a la mitad. Tuve un padre ausente que decidió que no quería estar en nuestras vidas y media familia que terminó de desaparecer con una muñeca de comunión recogida en Correos con una nota manuscrita «No te preocupes, tus abuelitos te vieron hacer la comunión». En mi mente de 9 años me pregunté, y me sigo preguntando, cómo podían creer que me preocupaba la ausencia de alguien que no estaba nunca. Alguien que, de haber querido, hubiera podido hacerlo porque mi madre, clara como es, siempre dijo que podían vernos.

Los azares del destino nos llevaron de vuelta a casa de mis abuelos maternos y pasé a tener, en la práctica, dos madres y un padre, una relación de complicado encaje por el fuerte carácter de todos los protagonistas de la historia, incluyendo el mío. Crecí en un chiscón del Barrio de Salamanca de Madrid, subiendo cinco pisos para dormir cada día, con el cariño infinito de un abuelo que se fue demasiado pronto y la zapatilla atinada de una abuela con un genio de armas tomar.