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Ser madre

Adiós al sacaleches

Fuente imagen: www.philips.es
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Sé perfectamente que quizá éste sea también el principio del fin de nuestra lactancia, por la que tanto hemos luchado y en la que tantas horas hemos invertido, pero llegó el momento de decir adiós al sacaleches. Ahora, mientras lo escribo, me pongo melancólica, mira tú, echando la vista atrás y viendo todo lo que he pasado para llegar hasta aquí, pero también sé que es la decisión adecuada.

Me reincorporé al trabajo tras mi permiso por maternidad con mucho estrés y algo de preocupación, ¿conseguiría mantener la lactancia materna exclusiva que suponía el alimento de Ojazos hasta el momento? Hacía cada trayecto al trabajo con mi bolsa de transporte colgada del brazo, a la ida sólo con el sacaleches y al regreso con los vasitos de leche también. Llevaba un ritmo brutal de extracción que fui espaciando según Ojazos crecía e introducíamos la complementaria. Pasaron los meses, el peque cumplió el año, el año y medio y a mí cada vez me costaba más emplear la mitad de mi eterna hora de la comida en extraer una cantidad que sabía a todas luces insuficiente para cubrir las necesidades de mi hijo. ya que, sólo para desayunar, se mete un biberón de 240 ml. de leche entera entre pecho y espalda. Así que a la vuelta de vacaciones decidí que ya no más.

Soy un mamífero
Soy un mamífero

Me ha costado dar el paso, pero necesito un poco de tiempo para afrontar la cantidad de proyectos que tengo entre manos y el único del que dispongo cada día son esas dos horas de la comida. Además de que si quedaba a comer con alguien ya me resultaba imposible extraerme en otro momento. ¿Por qué creo que es el principio del fin? Pues porque Ojazos ya apenas mama por la noche y pasamos 13 horas separados. Si para que haya producción tiene que haber extracción, poco voy a producir ya. Así que, sí, es probable que lo sea. Él seguirá pidiendo su tetita como consuelo pero como alimento creo que durará poco ya. Se me hace mayor mi chico. Y yo necesito volar.

 

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La Maternidad de la A a la Z

La maternidad de la A a la Z: con Q de Queja

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La queja, el quejío, el sonido lastimero, la pena. La manifestación de la disconformidad, de la incorfomidad, del «no puedo con esto». Esa queja perpertua colgando de mi labio, a punto de desbordarlo, de resbalar, de caer dramáticamente hasta el suelo y resonar, hacerse visible, audible, tropezar, rebotar, romper. Romper con todo, con lo que molesta, huir del consejo no pedido, liberarse de la culpa acumulada. La queja. No la que yo había vivido hasta entonces, no la que he gritado hasta la saciedad, no, otra diferente. Dejó de ser la queja que me tenía en el centro de mi universo, porque el centro comenzó a ser él, Ojazos . Con su llegada la falta de sueño, la falta de tiempo, la falta de apoyo, el escaso orden de las prioridades, el andar dando tumbos y la queja otra vez ahí, justificada a veces, otras sacada de quicio. Muerta de angustia, intentado saber,intentado entender por qué eran las cosas cómo eran y mi vida andaba cómo andaba, pero sin conseguirlo, porque hay cosas que no tienen explicación por más que una se empeñe en buscarla.

Y pasó el tiempo, pero poco mejoró. La falta de optimismo, la negatividad, el hartazgo, tantas horas separados, desperdiciadas, tan pocas cosas realizadas, mi cabeza funcionando a mil, gritándome, pero también gritando al mundo, ansiosa por saber a quién beneficia esta organización de la sociedad que tan poco tiempo deja libre para la familia. Me canso de oírme, me agoto, pero sigo quejándome. Me quejo por lo de fuera, pero también por lo de dentro, por ese discurso de corresponsabilidad que no siempre cala, pero que en mi mente siempre está presente. Y me quejo por mí misma, por todas esas cosas que creo hacer mejor que los demás, en las que no dejo que participen, en mi parcela, pero no me eximo de culpa tirana soy hasta conmigo misma.

Más de 30 años acompañándome esta queja eterna. No quiero callarme. No quiero tragar. No con lo que no puedo cambiar sola. Quizá no sirva de nada, pero si no me muevo por lo que me rebela habré muerto. Quejénse. Quejémonos. Que nos oigan, que enmudezcan, que se angustien tal como nos angustiamos los demás. Que sepan que no somos tontos, que algún día nos daremos cuenta de que el mango está en nuestra mano y, entonces, serán ellos los que tendrán que empezar a quejarse.

 

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La Maternidad de la A a la Z

La maternidad de la A a la Z: con G de Grita

Tengo una entrada en borrador desde el 28 de octubre de 2013. Es curioso, porque sólo tiene línea y media, pero tiene título, se llama Grita y comienza así: Hoy necesito gritar, dejarlo salir. Quiero que el mundo sepa que cuatro meses sigo sintiéndome perdida si no te tengo conmigo, que sigue doliendo como el primero.

El día que escribí esas líneas fue uno de esos de negros nubarrones sobre mi cabeza. No recuerdo si habíamos tenido médico o si Ojazos se había ido llorando a la guarde con papá, pero sí recuerdo mi infinita tristeza aquella mañana. Me senté a soltarlo, dedos ágiles sobre el teclado, y recibí una llamada «¿Tienes plan a comer?» y, para disipar los nubarrones, acepté y dejé de escibir.

Una de las primeras personas que me comentó en este blog me dijo que sonaba triste, que era una pena que viviera mi maternidad así. Y sí, quizá sueno triste muchas veces, quizá me dejo llevar en extremo, pero es que no entiendo, no acepto, me rebelo por la ma(pa)ternidad que me (nos) ha tocado vivir.  Cada día cuando me despido de mi hijo se me parte el alma, aunque intente no pensarlo, porque sé que, como mínimo, pasarán catorce horas hasta que nos volvamos a ver. Mientras escribo esto miro su foto en mi mesa, esa cara casi perfecta, esa sonrisa franca, esos ojos tan abiertos, con tantas ganas de conocer el mundo, y me dan ganas de echarme a llorar. No creo que sea una mujer débil, puede que un poco sensiblona o sensiblera, es cierto, pero la vida me ha enseñado que si me pone contra las cuerdas no me dejo doblegar. Por eso pienso que si lloro por sus ausencias es por dejarlo salir, por no quemarme, por no pudrirme por dentro, por no enfermarme, ay, esa enfermedad que mi madre tanto temía cuando me reincorporé al trabajo.

No creo que viva mi maternidad con tristeza, muy al contrario. Cuando estoy con Ojazos todo son risas, sonrisas, juegos… he descubierto en mí una imaginación increíble que inventa historias sobre las cosas más corrientes, que descubre inusitadas posturas para los músculos de mi cara hasta el punto de provocar sus carcajadas. Me tiro por el suelo, lo levanto, le hago cosquillas, hago correr sus coches por mi cuerpo…  Mi maternidad sólo es triste cuando estoy lejos de él. Y es entonces cuando necesito gritar.

He descubierto el grito como expresión de disconformidad, como la expresión que más se se acerca a expresar lo que siento. Gritar es liberador. Pero gritar a pulmón abierto, a garganta desgarrada, con los brazos extendidos y las manos hacia abajo, con todos los dedos tensos, con los ojos cerrados y el cuerpo saliendo por la boca. Gritar de verdad. Gritar para que me oigan, aquí y en la China, para que sepan que no me conformo y que no deja de doler, que sigo sintiendo que esta separación es lo más inhumano e injusto que vive una madre. Porque la ley debería protegernos y no fingir que lo hace para que, los que la hacen, puedan dormir tranquilos por las noches. Porque la elección debería ser real y no una pantomima. Así que seguiré gritando y os animo a que hagáis lo mismo. Gritad. Gritad. Que nos oigan.