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La Maternidad de la A a la Z

La maternidad de la A a la Z: con E de estrés

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Dicen que mudarse y organizar una boda son dos de las situaciones más estresantes por las que pasan los adultos.Yo añadiría tener un hijo y recoincorporarse con jornada completa mientras quieres seguir manteniendo la lactancia materna.

Tras juntar baja maternal, lactancia acumulada y una semana de vacaciones volví al trabajo con mi peque al filo de los 5 meses, lejos todavía de los 6 de lactancia materna exclusiva que recomienda la OMS. Me hice con un sacaleches siendo mi hijo muy pequeño todavía porque al inicio de la lactancia tuve unas señoras grietas y, en previsión de los meses venideros, compré el más recomendado por las matronas del país (al menos por las de mi entorno cercano): el Swing de Medela . Cometí un error de bulto: usarlo demasiado poco antes de mi vuelta al trabajo. La tarea no era fácil porque casi todo el tiempo que mi hijo y yo pasábamos juntos estábamos tan juntos que resultaba imposible sacarme leche. Así que cuando volví a trabajar no había reserva en mi congelador.

Entonces supe lo que es el estrés. El de verdad. Conocía el estrés de organizar la boda del detallito, como llamo yo a la mía, teniendo dos trabajos. Conocía el estrés de trabajar en esos dos sitios. Conocía el estrés de los viernes en la oficina, en los que, como sólo estamos hasta mediodía, siempre parece que se acaba el mundo.

Junio de 2013: el ESTRÉS se apoderó de mí. Las semanas previas a mi incorporación preparando todo, buscando opciones (y encontrando, aquí tenéis el bolso City Style ) para transportar sacaleches y leche extraída al trabajo y vuelta. Lo peor, obviamente, fue una vez incorporada. Esa falta de reserva de leche extraída pendulaba sobre mi cabeza cada día. Mi hijo consumía lo que me sacaba de un día para otro (a día de hoy aún sigue siendo así) porque tengo un glotocente (y bien que hace, añado) llegando a la friolera de casi 500 ml. por día. Se me ha olvidado mencionar que él se va a la guarde a las 06:00 de la mañana y yo no llego a casa hasta las 20:30 aprox. por lo que se trataba de muchas tomas estando separados.

Por otra parte, a mi vuelta a la oficina comenté con mis jefes que requeriría de algunos ratos cada día para extraerme leche sin encontrar ningún tipo de inconveniente. Pero una cosa es la buena voluntad y otra el desarrollo diario del trabajo. Encontrar esos huecos para la extracción se convirtió en algo muy complicado… y cuando por fin los encontraba, el teléfono sonaba o me necesitaban para algo.

Además, seguía inmersa en pleno vaivén emocional. Desconozco si hay estudios acerca de cuánto dura la revolución hormonal en la mujer después de dar a luz, pero creo que yo aún seguía sumida en ella, lo que sumado a mi tristeza por la separación lo hacían todavía más duro.

¿Y qué decir del sentimiento de mala madre una vez más? Cada vez que no conseguía extraerme leche o me agobiaba pensando que no era suficiente brotaba el pequeño pensamiento negro, ¡no podría alimentar a mi bebé! Mi entorno, por supuesto, me decía que suplementara con biberón, pero yo, terca e informada, quería conseguir la ansiada lactancia materna exclusiva al menos hasta los famosos 6 meses de la no menos famosa Organización Mundial de la Salud. Entonces llegó la alimentación complementaria para darnos algo de margen, aunque no mucho porque ya he dicho que tengo un glotón.

Pero transportar el sacaleches cada día, con todas sus piezas, extrayendo leche por la mañana justo antes de irme de casa para que papá tuviera para la toma de la tarde, hace muy factible que se te olvide alguna piececita… o el sacaleches al completo y ocurrió. La primera vez, todavía en plena subida de bebé lactante en exclusividad, me apañé con una pera de Suavinex. En otra ocasión, un viernes en los que nos vemos de nuevo pronto, me apañé sacándome a mano. La última, tuve que comprar otro sacaleches, esta vez de Philips Avent. Y para terminar el cuadro, he olvidado la bolsa para transportar la leche en alguna ocasión y hubo que comprar otra de urgencia, también de Philips Avent.

Una vez pasado el año he decidido relajarme. Leí a Julio Basulto, quién dice que después del año de vida si el bebé tiene que tomar leche puede ser leche entera de vaca, y así lo llevo. Cuando consigo sacarme leche suficiente mi hijo sólo toma leche materna y cuando no es así después de comer toma un yogur o un bibe de leche de vaca. He decidido sonreír a la vida y que todo sea menos grave. Así todo es mejor.

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Ser madre

El año en que fui madre: mi balance 2013

Llevaba varios días dándole vueltas a hacer un resumen en el blog de lo que el 2013 ha sido para mí y de pronto me encontré en mi móvil un mensaje de mi querídisima Carol «He publicado». Allí que fui a leer. Y allí que he visto el minicarnaval de Bea y aún sin tener tiempo me he propuesto participar.

2013. Nuestro año. Mi marido nació un trece. Nuestro bebé nacería en el año 13, sólo podía ser así. El bombón nació en enero, así que durante todo este año he sido mamá. Cuando echo la vista atrás me parece mentira la cantidad de cosas que han pasado. Los larguísimos días en el hospital, llegar con el pequeño a casa, las largas noches sin dormir, seguidas de jornadas en las que no conseguía entender qué le pasaba, horas y horas en Twitter mientras le daba la teta. Descubrir el porteo, el colecho, sentir el apoyo en la distancia, tantos consejos, tantas palabras de aliento.
La luna de miel duró hasta junio, cuando por fin comenzaba a disfrutar de la experiencia. La tristeza que me invadió con la vuelta al trabajo y que aún no me ha abandonado del todo. El agobio para conseguir mantener la lactancia. El agobio por no estar con él, por perdérmelo todo. Me caen las lágrimas mientras lo escribo. El cerebro bullendo a mil por hora, las ganas de hacer cosas, querer escribir, el blog rondando desde 2012 con el embarazo. Y en septiembre, al fin, a la vuelta del verano, con más tristeza aún que antes de irme entre mis salidas a correr para no pensar, consiguió salir a la luz.
No publico mucho, publico cuando puedo, que es menos de lo que necesito. Tengo mis asiduas lectoras, que me animan no sólo en la escritura, en la vida también. Gracias Carol, gracias Virginia, gracias Nata, gracias Elena, gracias Ruth, gracias Roberto, gracias, gracias gracias. No sé qué haría sin vosotros.
El 2013 me ha hecho mejor persona, no me canso de repetirlo. El 2013 me ha traído muchas alegrías, muchísimas, pero también mucha tristeza. Un agujero por dentro, una falta de aire que me paraliza y que sólo se soluciona cuando estoy con él. Cuando no estoy con mi HIJO no sólo me falta el aire, también las ganas de vivir. Es como si no tuviera un órgano vital. Sé que esto cambiará con el tiempo. Sobre todo porque no sólo soy madre, también soy mujer. Tengo proyectos. Quiero escribir. No sólo en este blog, también en el de cuentos y publicar, que el libro llegue. Que el 2014 cumpla sueños. Ah, y ser FELIZ.

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Ser madre

Zas en toda la boca

Hoy la vida me ha dado un zas en toda la boca sin contemplaciones. Llevo una semana raruna, en un vaivén emocional que tan pronto me tiene eufórica como arrastrada por el suelo. El desencadenante fue tener que dejar al peque en la guarde a las 12:45 h el jueves pasado después de una revisión médica y no poder quedarme con él ya que nos habían dado esas horas. Desde ese día voy arrastrando una sensación de «malamadre» (ya sé Carol que me dirás de nuevo que no lo soy, pero es lo que siento) que hoy ha vuelto a hacer de las suyas. El peque está con una cafetera en el pechete que me hace pensar en una bronquilitis cercana y vuelta a empezar con el «si pudiéramos quedarnos en casa…» Otra vez tristeza, otra vez seriedad, lágrimas, incomprensión y todo lo que acarrea la «no conciliación» en que vivimos.

Hoy he empezado a hablar con alguien que ha pasado hace poco por una ruptura un tanto tormentosa. Tiene una hijita de casi siete años que no ve a su padre desde hace varios meses porque a la vez que dejó a la madre, dejó a la niña. Hablando con ella, del proceso en el que se va a divorciar, me decía que no quiere dinero de su ex, que sólo quiere que vea a su niña porque está muy triste sin su padre. Habla de su pequeña con tal ternura y devoción. Es bondad en estado puro, os lo prometo. Yo le decía que no se agobiara porque su ex le pasara una pensión para la niña, que era lo que tenía que hacer, que era su padre, que, desgraciadamente (o no, quién sabe) conozco el tema de primera mano y yo no hubiera podido ir a la Universidad sin becas porque mi padre nos nos pasaba ni un duro, etc, etc. Me dice, con toda su inmensidad como persona por bandera, que no le importaría trabajar los fines de semana porque sólo gana 800 euros y que con eso no le llega para pagar todo lo que tiene que pagar, que el único inconveniente es que no la vería. Y entonces me cuenta que Cáritas le ayuda a pagarse el transporte porque ella no lo puede asumir. Que se ha puesto las pilas y ha tocado todas las puertas que ha podido para tirar para adelante.

Entonces he notado el «zas». Así de directo y así de duro. Aquí, agobiada por no poder ver a mi niño (que es para agobiarse, desde luego) cuando en mi entorno muy cercano alguien necesita de otros que le ayuden para poder sacar adelante a la suya, preocupada por un millón de cosas accesorias como el inglés y la natación. Si Cáritas no la ayudara, no podría ir a trabajar. No podría ir a trabajar.Es tan injusto. No quiero ni pensar en qué pasaría si perdiera el trabajo. O si se pusiera enferma. Y entonces me dice que lo bueno es que está dejando de furmar… porque no puede pagarse el tabaco, hasta el lado positivo le ha encontrado.

Desde que hemos hablado estoy dándole vueltas a cómo podría ayudarla. A mí no me sobra pero puedo vivir. No entiendo que lleva a un padre a abandonar a una hija. Ni a dos. El amor puede acabarse, pero los niños no tienen la culpa y que una ruptura conlleve tal situación de desamparo hace que me lleven los demonios. Olé las narices de las madres (y de los padres, que también los habrá) que tiran para adelante en las circunstancias más adversas. Y al final el sentimiento es el mismo, pero las circunstancias no podrían ser más diferentes.