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La Maternidad de la A a la Z

La maternidad de la A a la Z: con W de Whatsapp

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Yo no tengo tribu, me muevo en un grupo de amigas sin hijos o compañeras con hijos mayores (adolescentes o adultos jóvenes) que están en otro momento vital. Mi entorno hace las cosas de otro modo y, como ya os contaba en Guardería, Twitter al principio fue mi salvación (doy las gracias de nuevo a esos padres tuiteros que tan pendientes están de mí cada vez que me ocurre algo). Tengo un horario infernal, así que no conozco a los padres de los compañeros de Ojazos, lo que conlleva que tampoco tengo esos grupos de Whatsapp que sirven para lo mejor (organizar cumpleaños o fiestas relativas a los peques) y lo peor (demonizar a los profes), según he oído que se hace en ellos. De hecho, hasta hace relativamente poco, mis grupos de Whatsapp se reducían a familiares y amigos, compañeros de trabajo, básicamente gente de mi vida 1.0.

Desde hace unos meses mi Whatsapp se llena de colores por las mañanas. Al principio fueron unas sesiones matutinas de belleza, después un grupo de chicas con ganas de conocerse, algo más tarde comenzamos a tomar té todas las mañanas y nos llenamos de emoción ante la perspectiva de quedar para el Vermut antes de #LaParty para ponernos piel con más calma, grupo que se ha transformado ahora en otro lleno de esperanza ante una vuelta. Todos ellos son grupos de mujeres, mujeres que tienen hijos pequeños y más mayorcitos, que trabajan fuera de casa o que dejaron de hacerlo, buscando empleo o inventándoselo, mujeres que cuidan a sus peques y que intentan cuidarse, mujeres con ilusiones, con metas e inquietudes, con problemas y soluciones, mujeres, al fin y al cabo, como yo.

He descubierto muchas cosas desde que estoy en todos esos grupos. La primera es que las mujeres somos muy grandes (sin afán de desmerecer a los hombres): no hay problema que manifieste alguna de nosotras que no sea respondido con una palabra de ánimo o con una idea de mejora. En ellos no hay competencia, ni competición (salvo terminar el #Azdelamaternidad, ¿verdad Nuria?) sólo ganas de apoyarse, de entenderse, de echarse unas risas o quitarle hierro a espinosos asuntos. Nos consultamos desde las cosas más peregrinas hasta otras más serias, encontrando así la tribu que yo necesitaba. En algunos de ellos la visión de la maternidad es exactamente igual que la mía, no así en otros, que me enriquecen aunque no comparta sus ideas. Otra de las cosas que he descubierto es que, si nos ponemos a pecho descubierto, hay muchas menos guerras que las que nos quieren inventar, y que desde el respeto y con las orejas abiertas es más fácil manifestar y escuchar las opiniones. Lo curioso es que a algunas de ellas ni siquiera las conozco, aunque, desde luego, ya es como si las conociera.

Desde aquí, gracias a todas ellas, vosotras sabéis quienes sois, a las que lleváis más tiempo conmigo, mis imprescindibles, a las casi recién llegadas y a las que espero que vuelvan cuando ellas quieran volver. SOIS ÚNICAS, GRANDES, INIGUALABLES y hacéis las jornadas, en esos huecos que nos dejan los enanos, mucho más llevaderas.

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La Maternidad de la A a la Z

La maternidad de la A a la Z: con O de Ojazos

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Desde los 7 años (mi madre jura y perjura que desde los 8, pero yo estoy segura de que, aunque fuera la pequeña, tengo razón yo) llevo gafas. Primero fueron aquellas enormes de los 80, luego metalicas o de acetato y ahora enormes otra vez, estética gafapasta pseudomodernilla. Desde que nací soy portadora de unos ojazos enormes cuyo color ha ido mutando al ritmo de mi personalidad y lo que al principio era azul ha dado paso a un color que parece verde, pero que, si te fijas, en realidad corresponde a un filo azul intenso con un centro moteado en amarillo y caramelo. Raros. Y muy bonitos, verdad verdadera aunque sea yo quien lo diga. Desde los 7 años llevo aguantando la misma frase: «Qué ojos tan bonitos, qué pena que lleves gafas».

Mis ojos son mi seña de identidad. Tengo un amigo que me llama así, Ojazos, y  fue lo primero que le llamó la atención a un exnovio, a mi ex-novio, «¿Te han dicho alguna vez que tienes unos ojos preciosos?», sí, claro, que me lo habían dicho, tantas veces que a puntito estuve de contestarle que eran lentillas. Esa es la otra frase estrella «Tienes unos ojos preciosos». Si me hubieran dado un euro por cada vez que me la han dedicado… Por supuesto, no me quejo, eh, que me limito a recoger la muy halagadora realidad.

Cuando nació mi bebé tenía los ojos azules. Los podéis ver aquí donde también os contaba que todo el mundo vaticinaba que le irían cambiando. El pequeño iba creciendo y el azul de sus ojos se intensificaba, un azul alucinante, y mi entorno comenzó a referirse a él como el Ojazos, no sólo mi cercanía, también mis queridísimas Carol y Vir desde esas eternas conversaciones en whatsapp empezaron a llamarle así. Y después, llegó Natalia con sus dos preciosos bombones y una vez más el apodo fue el mismo. Con más de 30 años de diferencia entre ambos, bebé y mamá comparten epíteto y la idea no puede gustarme más, tanto me gusta que es el nombre que he elegido para referirme a él en este blog. A día de hoy todo mi entorno 2.0 lo conoce así. Y me encanta que así sea. Compartimos apodo, además de otras mil cosas, pero no quiero engañar a nadie… los ojazos de mi Ojazos son infinitamente más hermosos que los míos. Palabra de madre.

 


 

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Ser madre

A vueltas con la lactancia materna

Han sido días muy ajetreados en la oficina, con jornadas eternas y agotadoras que han dejado poco tiempo para cualquier otra cosa que no fuera trabajo. La verdad es que lo siguen siendo. Entre lo poco que he leído en Twitter estos días, de vuelta del trabajo o en algún  momento libre, me ha llamado la atención la nueva polémica en torno a la lactancia materna. Otra vez. Qué hartazgo.

Por si no os suena, que me encantaría que así fuera, un colectivo de enfermeras ha puesto el acento en la imposibilidad de las madres desnutridas para amamantar a sus bebés. No quiero ponerme vehemente, que lo soy y mucho, con este tema. Voy a dejar de lado la imagen de una conocida marca que, entre otros muchos productos, vende leche de fórmula que aparece en su página web. Voy a dejar de lado eso, pero no voy a dejar de lamentar que un colectivo que debe ser veraz en un tema que atañe a la salud pública lance a los cuatro vientos afirmaciones que no son ciertas. Las enfermeras son las profesionales que nos ayudan a las nuevas mamás a ponernos a nuestros hijos al pecho por primera vez. A las que acudimos cuando aún estamos en el hospital y tenemos dudas con respecto a la lactancia. Les presuponemos los conocimientos y la empatía (en mi caso, nada más lejos de la realidad) para ayudarnos en ese delicado momento.

Ahora quiero que penséis en África. Pensad en esas mamás delgadas hasta el extremo con sus bebés colgados del pecho, bien cerquita de ellas, con unos pechos tan languidos que parece imposible que consigan alimentar a nadie, pero que lo hacen. ¿Están bien nutridas, o nutridas a secas, esas mamás? Yo creo que no. Pero salvan a sus bebés de una muerte casi segura. No hace falta hacer ningún estudio para darse cuenta de esto, sólo hay que observar las imágenes de los informativos o bucear un poco por internet y ver las fotos.

Para hacer hincapié en la necesidad de mejorar las políticas sociales que deben proveer de ayudar a las familias que no tienen nada que echarse a la boca no hace falta ser alarmista… ni faltar a la verdad. La lactancia materna es el alimento adecuado para las crías humanas. Que se lo pregunten a la OMS. O a la Asociación Española de Pediatría. Y la que quiera dar biberón que lo dé, pero que no le hagan comprar fórmula, que además es más cara, porque a ella le falten los nutrientes supuestamente necesarios.